
Cadetes con el uniforme de gala, y un coeficiente destacado en notas (galonistas), portan la corona de laurel que la Academia ofrenda a los caídos por España en todos los tiempos.
De Cecil B. DeMille, uno de los más grandes directores del cine de nuestra época: «Ben Hur», «Sansó n y Dalila», «Los Diez Mandamientos»…, me cuentan que siempre que comenzaba el rodaje de una película lo hacía como el arranque de un tsunami, y después recomendaba seguir creciendo.
Aunque la política española siempre tuvo algo del mundo de la farándula, últimamente se parece más a una burla con guion de Rafael Azcona escrito para una película del gran Berlanga.
Tan burdo es todo en el mundo de nuestros políticos, que no necesitan un teléfono para preguntar ¿Es el enemigo? como hace Gila en su nueva película; pueden hablar directamente con ellos, hasta en la Sala del Consejo de Ministros.
De seguir así, acabará por no presentarse nadie a las elecciones, al menos nadie honrado; los deshonestos sí, porque a esos les dará igual que les achaquen de todo, pues solo van a lo que van.
Puigdemont que empezó con una carpeta bajo el brazo, en estos momentos es como un ministro sin cartera, pero acabará como ministro de todas las carteras, pero yo en su papel no me fiaría del «Puto jefe», pues aunque por ahora ha sido el único que parece que le ha engañado, entre pillos anda el juego.
A nuestro director del cine le hubiera apasionado todo este espectáculo, de haber tenido acceso al «Diario de Sesiones» del neoclásico Palacio de las Cortes, seguro que lo hubiera empleado como guion para una nueva película, y es que de todo lo que ahí acaece, él lo hubiera convertido en una especie de novela turca.
En ese guion, también pudo influir las lluvias que nos trajo la primavera, como las que barruntaban desde hace días en España. Con ellas, hasta Margarita Robles se acalora y afirma que si el Rey es guapísimo, el «Puto Amo» (el funambulista que resiste en la Moncloa contra viento y marea), lo es más todavía. La ministra está entre un moreno y uno rubio, ambos hijos del pueblo de Madrid, y yo sin enterarme. Vamos como en una verbena del Madrid de finales del siglo XIX.
Con acento del barrio de «La Latina» e imitando a la «señá Rita», alguien debería decirle a la ministra:
―«Margarita «que tiés madre».
Cuando acaban de decir tonterías desde sus escaños, bajo la bóveda de la Sala de Sesiones, los personajes continúan su fiesta a modo de kermés, en plena Carrera de San Jerónimo, sin organillo ni pianola, donde se marcan unos chotis, que como sabemos se bailan en pareja, cara a cara y agarrados.
Sus señorías, empoderadas ellas, son las que bailan y giran alrededor del hombre, este se limita a girar sobre su propio eje, en un ladrillo vamos. Al primer pisotón que reciben, los dejan tirados en la escalinata de la entrada al Palacio a los pies de Daoiz y Velarde, la famosa pareja de leones, fundidos con el bronce de los cañones capturados al enemigo en la guerra de África, batalla de Wad-Ras, al mando del general O’Donnell en 1860.
Cambio de mano por diagonal y me encuentro con recuerdos diarios académicos revestidos de gris, que son más reales que cualquier película en color, y sobre todo más sanos que lo que nos puedan trasmitir sus medianías, quise decir sus señorías.
En 1993, un amante de la paz noruego, pronunció una conferencia en la Academia General Militar de Zaragoza, y proclamó como presentación:
―«Yo soy antimilitarista»
Por aquellos años el Director de la Academia (1992-1994) era mi querido y admirado Mariano Alonso Baquer, que al final de la conferencia replicó de esta manera:
―«Yo también soy antimilitarista, pues creo que el militarismo es la deformación de lo militar, tampoco soy pacifista, porque todos los «ismos» me parecen deformaciones, yo soy pacífico porque defiendo la paz, aunque lo que más me preocupa es la seguridad».
Hoy, después de tantos años pero con la admiración de siempre, me entero de tu silencioso fallecimiento el pasado 15 de marzo en Valladolid, a la edad de 88 años, como Teniente General de Infantería y Doctor en Historia por la Universidad de Valladolid.
Tras pasar a la reserva en 1996, empezó con el doctorado, tenía 78 años cuando defendió su tesis doctoral: «Defensa y estrategia militar en las Provincias Internas de Nueva España (1760-1805)», obtuvo la calificación de sobresaliente, y que el Ministerio de Defensa publicó posteriormente como libro bajo el título «Españoles, Apaches y Comanches».
Como me llevas dos años, no coincidimos en la Academia, y al ser de distinta Arma tampoco en los diferentes destinos de nuestras vidas, pero yo te seguía en todos los tuyos.
En la General, el uniforme de gran gala, «ros blanco con plumero rojo», «polaca azul», «pantalón grancé» y «cordones dorados» (recuperado de la primera época en el Alcázar de Toledo 1882-1893) es vistoso y colorista, el de instrucción práctico «mimetizado y verde boscoso», y el de paseo «caqui». Los cordones de los cadetes de enseñanza superior con el uniforme caqui y el gris de diario son rojos.
El origen de los cordones de cadete podría estar en las guerras de Flandes. El Duque de Alba para castigar la falta de arrojo de un contingente de tropas auxiliares flamencas se planteó ahorcar a todos sus miembros. Estos soldados, resentidos con el Duque, se colgaron del cuello una cuerda con un clavo para facilitar la ejecución del castigo llegado el momento. Las acciones posteriores de la unidad fueron valerosas y brillantes. Su reacción no pasó inadvertida y en lo sucesivo, esos cordones, pasaron a ser considerados un atributo de distinción y notoriedad para la unidad que los portaban.
En aquellos años, el colmo de todo profesor era que el alumno te pidiera permiso para repetir curso, y te dijera que lo hacía por tener ganas de seguir aprendiendo; o que cuando nos encontrábamos en la nave, después de tocar silencio, a un cadete durmiendo en el suelo a los pies de su cama y preguntarle si le había ocurrido algo, te dijera que no, que solo lo hacía para forjarse; no nos olvidamos de aquel novato que al pedirle diera una descripción sucinta de la brújula, respondió que servía para no perderse en el campo, y su cinta para colgarla del cuello,… tampoco, de aquel listillo que al pedirle que hablara del 18 de julio, preguntó ¿De que año?.
Y es que la Academia General Militar en el «solar zaragozano», la General como es comúnmente denominada, fue creada con la finalidad entre otras, de «crear y fomentar el espíritu de compañerismo en el Ejército, que se obtiene en oficiales procedentes de un centro común, que han hecho la misma vida, que tienen los mismos recuerdos, que no se borran y se conservan después de los años a pesar de las vicisitudes de la carrera militar».
Acudo a Salomón para terminar, pues concuerda bien con el «Espíritu de la General», que se mantiene tan joven y vigoroso como cuando nació.
―«No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda y aparta del mal todos tus pasos»
Desde nuestra querida Zaragoza acabo con un brazalete «negro» en la manga izquierda de cualquiera de los uniformes por el luto de mi amigo, y con la misma admiración, respeto y cariño de aquellos años, le doy las gracias por su ejemplo, que impactó en mí como el comienzo de aquellas películas.
El tiempo no borra las muchas y buenas enseñanzas, las hace más bien reales y las precipita en una palabra, que creo nunca reciben suficientemente los que han sido maestros de nuestras vidas, Gracias.
¡Que Dios te acoja en su seno y te de la Paz Eterna!
Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.
Zaragoza marzo 2025.
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