Bien podríamos comenzar este artículo de opinión, con uno de los dichos del rico
refranero español, que ya aparece en el texto del Quijote: “A todo cerdo le llega su
San Martin”. Queriendo con ello expresar que nadie queda impune cuando se obra de
forma malvada o en contra de la ley, pues, más tarde o más temprano, tendrá que
rendir cuenta ante la justicia y recibirá la condena que por ley le corresponda.
En un estado de derecho y en democracia, debemos confiar en la justicia, como poder
independiente del Estado que exigirá cuentas a todos aquellos que, abusando de su
autoridad (más bien potestas…), de sus cargos políticos e influencias, han maquinado
sustanciosas comisiones en la venta de mascarillas en ministerios y autonomías afines
con la única y exclusiva ambición del enriquecimiento personal y el de sus coautores
de estos hechos delictivos.
Estas graves irregularidades llevadas a cabo en los momentos más dolorosos de la
pandemia del COVID-19, cuando diariamente morían muchos españoles por un virus
letal al que hacían frente con una gran profesionalidad y valentía los sanitarios,
militares, cuerpos y fuerzas de seguridad del estado y todos aquellos que, con una
gran iniciativa y solidaridad, pusieron todo su empeño para ayudar a los demás, en
particular, a los más desvalidos en residencia de mayores; se agrava cuando estos
presuntos delincuentes, eran servidores públicos, es decir, funcionarios del estado.
Algunos de estos atípicos funcionarios a dedo, sin formación, sin oposición ni oficio y
con mucho beneficio, solo y exclusivamente para su egoísta perversión de ansias de
poder y enriquecimiento personal.

No logro imaginar una mayor perversión. Enriquecerse con comisiones millonarias en
la venta de mascarillas, la mayoría defectuosas, indispensables en aquellos momentos
tan críticos para la supervivencia de muchos compatriotas. Me pregunto si estas
mentes depravadas pueden dormir plácidamente, siendo conscientes del mal que han
hecho. Si también salían a aplaudir en los balcones con sus familias a los sanitarios y
valientes que luchaban contra la pandemia.
No quisiera caer en la tentación, una vez desvelada la trama de influencias de algunos
servidores públicos, de pensar que el afán de algunas autoridades y responsables
políticos en la obligación del uso de mascarillas era para nuestro bienestar o, más
bien, para su bienestar económico.
No comparto el conocido poema de nuestro poeta universal D. Antonio Machado:
“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de
helarte el corazón”. Aunque soy parte interesada, considero que los españoles somos
un pueblo solidario y empático no sólo en suelo patrio, sino fuera de nuestras
fronteras, como se demuestra en donaciones de órganos y colaboración de voluntarios
ante catástrofes y desastres naturales. Sin embargo, no hay regla sin excepción, y
entre la mayoría siempre surge, por generación malévola más que espontánea, “unos
pocos” díscolos y espabilados, por identificarles de algún modo, que, sin escrúpulos y
con ansias de poder y fortuna, son capaces de actuar de las formas más eyectas y
criminales posibles. Estos pocos maléficos, más que helarte el corazón, te lo cortan
con hachas de aizcolaris.
En contraposición, con la intención de honrar y recompensar a los héroes y valientes
compañeros de las Fuerzas Armadas que lucharon a pecho descubierto en los
primeros momentos de la pandemia, desde este prestigioso blog de pensamiento
militar del General Rafael Dávila, tuve la oportunidad de que me publicase el articulo:
“Operación Balmis: El antídoto militar contra el COVID-19”. En dicho artículo,
además de poner énfasis al inestimable servicio que los compañeros realizaron en
innumerables acciones para ayudar a todos los ciudadanos y con la intención de
salvar vidas, proponía la creación de la Medalla Conmemorativa Operación Balmis,
que sería aprobada por la Ministra de Defensa, para recompensar a los miembros de
las Fuerzas Armadas que más allá de los cometidos encomendados, llevaron a cabo
acciones sobresalientes con valentía, espíritu de sacrificio y voluntad de hierro en su
afán de servicio a los demás y amor a España.

Ante la sensación de la satisfacción del deber cumplido que tendrán todos aquellos
servidores públicos y compatriotas que, aportando lo mejor de sí, lucharon contra la
pandemia, me pregunto qué sentirán los que no sólo no hicieron nada, sino que se
enriquecieron con la gestión de la venta de mascarillas, mercadeando con la vida de
todos los ciudadanos, sin escrúpulos y sin que nadie con coherencia y sensatez,
pusiese orden y concierto.
El historiador Tucídides nos ha hecho llegar el Discurso Fúnebre del gran político
ateniense Pericles, pronunciado el año 431 a.C. en el cementerio de Atenas en las
exequias de los soldados caídos en combate en el primer año de la guerra contra
Esparta. En su intervención publica Pericles aprovecha la oportunidad para definir el
espíritu profundo de la democracia ateniense, explayándose sobre los valores y
virtudes que presiden la vida de sus conciudadanos y que explican la grandeza
alcanzada de la ciudad ateniense.
Hay textos históricos por los que no pasan los años. En la III parte del discurso,
Pericles nos define los fundamentos de la democracia: “Disfrutamos de un régimen
político que no imita las leyes de los vecinos (en este caso, Esparta); más que
imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelos para algunos
(en este caso, Roma). En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en
favor de la mayoría, y no de “unos pocos”, a este régimen se lo ha llamado
Democracia, respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa
de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga
en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus
méritos que por su categoría social…”.

Este discurso de Pericles debería ser grabado en alguna lápida, pero no funeraria,
sino en lugares visibles en todos los estamentos públicos e instituciones del Estado
para ser repetida por los servidores públicos y padres de la Patria, así como en los
centros de enseñanza para las nuevas y futuras generaciones. No hay nada mejor que
establecer principios y propiciar virtudes ciudadanas desde la más tierna infancia.
El concepto de Democracia, la forma de gobierno más justa que respeta los tres
poderes de un Estado de Derecho (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) y vela por el
bienestar de la ciudadanía por igual, encuentra una china en su recto caminar en la
senda del bien por “unos pocos” que van a contracorriente o, mejor dicho, a su propia
corriente sin miramientos y con toda impunidad ante la desidia de la mayoría.
Dante Alighieri en su obra maestra de la Divina Comedia antes de llegar al Paraíso,
debe pasar previamente por el infierno acompañado por el poeta Virgilio. Allí, pasa por
los diferentes círculos que conforman el infierno y en donde penan sus culpas las
almas de los mortales que por sus malas acciones han merecido tal castigo. “Los
confines más obscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen
mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral”. Aquellos que, ante las injusticias y
el dolor ajeno, fueron capaces de no tomar partido, indolentes, no hicieron nada por
remediar o impedir el sufrimiento de otras personas o bien las injusticias o actos
criminales evitables.+
Pues este es el triste panorama nacional que vivimos en la actualidad en nuestra
querida España. “Unos pocos” en contra de la mayoría se han lucrado con el dolor
ajeno abusando de su autoridad, de su supuesto servidor público. Pero para que estas
maliciosas y perversas maquinaciones de “unos pocos” sean posibles, necesitan el
apoyo de sus acólitos, los “neutrales” que con total indolencia permanecieron
impasibles sin ponerlo en conocimiento de los tribunales a sabiendas que se estaban
cometiendo acciones delictivas que atentaban, en primer lugar, contra la salud pública
y, en segundo lugar, contra la malversación del erario público de todos los españoles.
Está claro que, para que las llamadas “fuerzas del mal” atenten contra nuestra
sociedad de derecho y venzan a las “fuerzas del bien”, se requiere esa fatal
combinación o alineación de elementos, nunca mejor dicho. En este caso, la presunta
malversación de fondos públicos y las mordidas de millonarias comisiones en la venta
de mascarillas por servidores públicos y sus compinches en plena pandemia, no forma
parte de nuestra condición, idiosincrasia y forma de actuar, todo lo contrario. La
mayoría de los servidores públicos han dado ejemplo de un trabajo encomiable en la
defensa de los valores y eficacia de las administraciones públicas en unos momentos
muy difíciles.
Sin embargo, el binomio de la perversión de “unos pocos” junto con la colaboración
necesaria de los indolentes “neutrales”, nos han hecho y pueden seguir haciéndonos
daño en nuestra democracia y estado de derecho si no ponemos freno y medidas
severas de control y vigilancia de nuestros intereses mayoritarios de la sociedad
española. La razón de ser y fin último de nuestra democracia.
Julio Serrano Carranza
Coronel de Aviación (R). Ejército del Aire y del Espacio
26 febrero 2024
Blog: generaldavila.com