ESPAÑOLES SIN FRONTERAS. MIERDALEÑOS Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

No invento la palabra. Año reciente, verano, una playa cualquiera. Paseando por la orilla del mar oí el comentario a un grupo de lugareños:

-Se nota que han llegado los mierdaleños.

Rebosaban las terrazas, los chiringuitos hervían de cervezas, los restaurantes sin reservas, hoteles sin habitaciones, lo que siempre se ha llamado <<hacer el agosto>>. Mierdaleños había.

No me agradó el comentario, por injusto. Sentí tristeza y me vino a la memoria el de Estanislao Figueras: <<Estoy hasta los cojones de todos nosotros>>, que efectivamente era para coger un tren o el coche y no bajarse hasta llegar a Madrid. Incluso me vino a la memoria Antonete Gálvez el terror del Mediterráneo, que bombardeó Alicante, se enfrentó a escuadras extranjeras y quiso invadir el resto de España.

Los líderes políticos deben de tener cuidado con lo que dicen y cómo lo dicen. El presidente de la Junta de Galicia seguramente no quiso decir lo que dijo, y lo de las fronteras interiores y exteriores fue un descuido, pero estuvo feo. <<España necesita una norma de salud pública que permita prohibir la movilidad de determinados territorios en una situación de pandemia si el número de contagios sigue siendo alto>>. No cita a Madrid. No hace falta, se le entiende todo. No es el único. El de Murcia también salió por peteneras. Luego les llevan las cuentas y, claro, no les salen.  En política es difícil volverse atrás, decir que no dije lo que dije; la credibilidad perdida es difícil recuperarla. Se han equivocado y echado gasolina a un absurdo incendio que dice muy poco de su inteligencia política. Así no se construye España, sino que se divide, aleja, y la consecuencia es que ganen los separatismos. Ningún presidente autonómico es el ombligo de España. No es el daño de las autonomías, sino el de los autonómicos arraigados a horizontes estrechos que se cierran en un catetismo que destruye y a ningún lado conduce. Lo que hay que hacer es ayudarse, y más cuando la necesidad obliga. Nadie va a contagiar a nadie. Nos necesitamos ahora más que nunca.

Todo el que puede se va a descansar, gozar de esta España plural, atractiva, acogedora y ningún político está autorizado por la soberanía a la que representa a creerse algo más de lo que es. No cerrar puertas sino abrirlas, con ventanas y balcones. Es una necesidad. También un deber.

Aún recuerdo de mi infancia los carteles por las calles con el atractivo lema: La Coruña, ciudad en la que nadie es forastero.

España es muy bonita y diversa. Somos todos españoles, sin fronteras, y nos necesitamos los unos a los otros. Convendría no apuntalar las diferencias con divisorias, sino animar a visitarnos con más facilidades y frecuencia.

Ayer asistíamos a una estupidez más, viendo al cántabro señor Revilla, y al vasco señor Urkullu, escenificando un encuentro en la tercera fase.

Solo faltaría que tengamos que reclamar, como si de una ONG se tratara: <<Españoles sin fronteras>>. Estamos cerca. ¿O ya lo han conseguido?

No provoquemos e incitemos a ello. Algo siempre queda, a pesar del arrepentimiento.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

CAMINO DE LA REPÚBLICA DE ANTONETE. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

En febrero de 1873 dimitía Amadeo de Saboya acabando así con quince siglos de monarquía en España. En las Cortes, de mayoría monárquica, se votaba a favor de la República, la primera en España, con más advenedizos, oportunistas y resentidos personales, que republicanos. Aquella aventura empezó mal y de ello se dio cuenta su primer Presidente, el catalán Estanislao Figueras, que al ver el panorama definió la situación con una sola frase, “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”, cogió un tren en Atocha y no se bajó hasta llegar a París.Figueras

Aquella República duró menos de un año envuelta en una locura federalista que rompió a España entre odios regionales y locales. Todos se saludaba al grito de ¡Salud y República!, y ninguno sabía lo que aquello del federalismo republicano significaba.  Pero el afán de ser diferentes llevó a declararse repúblicas independientes a Cataluña, Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, enarbolándose en todos los lugares la bandera de la independencia y el enfrentamiento de todos contra todos. Un ejemplo de aquel progresismo, solidaridad social y talante democrático ocurrió en Cartagena durante aquellos días de auge federalista.

“A las seis mañana castillo Galeras ha enarbolado bandera turca” telegrafiaba el Capitán General del departamento marítimo de Cartagena al ver ondear allí la bandera roja que anunciaba la República Federal. Antonete Gálvez, no se lo tomen a broma, era un diputado federal huertano que declaró el “Cantón Murciano” en la ciudad naval militar de Cartagena. Fue el terror del Mediterráneo, bombardeó Alicante, se enfrentó a escuadras extranjeras y quiso invadir el resto de España. El cantonalismo fue uno de los episodios más bochornoso de nuestra historia y un riguroso ridículo internacional. Eran las consecuencias de una labor demagógica que proclamaba la llegada de una República federal, libertaria y redentora. Todo terminó once meses después, cuando Castelar dijo aquello de “Lo quemasteis en Cataluña” al reclamarle los diputados federales el proyecto de Constitución federal. Un pequeño piquete de soldados enviados por el General Pavía disolvió la asamblea. Pronto volvimos a las andadas y seguimos en ello. No tenía la República la culpa sino ese deporte nacional incomprensible e insolidario que consiste en repartirse España a trozos. Es tal la incultura y las mentiras en las que se basa el reparto, que cualquier intento de independencia responde únicamente a los intereses de una secta. Ya sabemos lo que dijo Castelar en una definición tan acertada como la de Don Estanislao “Aquí en España todo el mundo prefiere su secta a su patria, todo el mundo… intolerantes todos, intransigentes todos”.

Pues eso, “Senyors, ja no agunto mes” “Estic fins als collons de tots nosaltres”

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

14 febrero 2020