DICEN QUE A LA LEGIÓN SE HA ALISTADO UN CRISTO CRUCIFICADO… RITOS DE LA LEGIÓN EN SEMANA SANTA. General de División (R.) General de la Legión entre el 2001-2004

 

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No me mueve, mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido;

Ni me mueve el infierno tan temido,

Para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido;

Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

Muéveme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,

Que aunque no hubiese cielo, yo te amara,

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

Porque, aunque lo que espero no esperara,

Lo mismo que te quiero, te quisiera.

Sólo un soneto podía expresar la intensidad del amor verdadero: “Porque, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera”.

Lo que de por sí es bello no necesita recurrir a los artificios de la estética; con palabras directas y enérgicas, sin ornamentos, este soneto popular y anónimo nos traduce el amor puro y desinteresado por encima de cualquier otra consideración.

Anónimo es como decir que nos pertenece a todos y en el anonimato de estos versos se esconde la espiritualidad de todo un pueblo que inspiró a no se sabe quien para que dejase escrita la fuerza de un pensamiento y la espiritualidad de sus sentimientos.

Sobrecoge la expresión verbal pero más sobrecoge la voz de un pueblo que históricamente se ha empeñado en vivir su fe en la calle, que es donde en España, hasta ahora, se vive y se muere.

Por eso este soneto sólo se comprende de rodillas ante los pies del Cristo de la Buena Muerte o junto a las Angustias de la Madre Dolorosa. Es una oración del pueblo, la traducción de su mística, la que resulta humana a fuerza de su severidad y dureza. Es un soneto legionario que cumple con el espíritu que exige no abandonar jamás a nadie en el campo hasta perecer todos.

Sólo la dimensión espiritual puede dar sentido a la entrega de la vida y el sacrificio. La espiritualidad y trascendencia en el pueblo español y militar tiene profundas raíces cristianas; históricamente el militar español ha sido un hombre de fe, de fe cristiana. Por mucho que algunos se escandalicen, y echen a repicar las campanas, las virtudes de nuestros soldados proceden en su mayoría de su formación cristiana en la fe. La defensa de la fe, la convicción de servir a una causa justa y la lealtad al rey, junto al honor, fueron siempre los móviles de su conducta que se ganó la merecida  reputación de ser la mejor Infantería del mundo.

Pocos se atreven a levantar la voz en defensa de mantener nuestra fe y nuestras tradiciones, aunque tozudamente se enfrenten cada año con el pueblo en la calle que peregrina con paciencia procesionando su fe.

Cada primavera el pueblo se refugia en sus creencias al margen de los mensajes contradictorios y de los vaivenes del momento político.

Así ocurrió en Málaga cuando el pueblo lo dijo cantando: “Dicen que a la Legión se ha alistado un Cristo crucificado…”. Una saeta  convertida en jaculatoria fervorosa, el sentimiento popular hecho poesía y el comienzo del vínculo del Cristo legionario, de la Congregación de Mena y la Legión.

Fue una Semana Santa de los primeros años veinte cuando varios legionarios, en plena guerra de África, y unos cofrades de Mena, mientras compartían el pan y la sal, hicieron amistad y hermandad… “Morir en el combate es el mayor honor”; y para siempre se unieron con el abrazo redentor del Cristo de la Buena Muerte; desde el año 1925 hasta nuestros días han caminado, como suele decirse, con la Cruz a cuestas.

Tuvo que ser una primavera, la de saeta legionaria,  cuando los nuevos miembros de la Hermandad, los Caballeros Legionarios, llegaban a Málaga al mando de su Coronel. En 1930 se produce el primer desembarco, la primera escolta al Cristo, el primer contacto de Málaga y los legionarios. Todo hubiese sido efímero sin la aprobación de la calle, sin que los malagueños sintiesen y admitiesen aquél encuentro entre un Cristo Cofrade que hablaba de la Buena Muerte y unos hombres que cantaban… “soy un novio de la muerte…”.

Se produjo el milagro, surgió “El Vínculo”, una relación que se afanan en analizar los teólogos y sociólogos enfrentados a lo inexplicable, al misterio encerrado en esa trilogía, Cristo de Mena, pueblo y legionarios ¿Será la muerte la que ronde alrededor del misterioso vínculo? Siempre la muerte como tragedia, y de repente, ¿la buena muerte? “El morir en el combate es el mayor honor…Por ir a tu lado a verte”.

Íntima conexión entre sensibilidad e inteligencia: la sensibilidad tiene sus antenas como medio de captación del conocimiento, y el conocimiento está en ese pueblo que procesiona detrás de su Cristo legionario. Es la sabiduría de la experiencia, sentimientos como herencia, el inconsciente genético que encierra toda la sabiduría. Es la intuición incluso por encima de la razón, más sabia por intuitiva. Es la realidad transmitida que supera a la rígida letra porque es plástica, informe, una sugerencia más que una definición. Concepto intuitivo, una visión de los hechos que los coloca por encima de la rémora del razonamiento vulgar, y le da la autoridad que proporciona el conocimiento de la verdad esencial de las cosas.

La Legión nació en momentos muy duros, cuando cada día era una aventura en la que te iba la vida. Esa, tu vida, dependía del combate, de la paz del alma y, en ocasiones, aunque ahora no se entienda, era una vida triste que buscaba redimirse con una muerte digna que borrase la anterior. Allí en la Málaga querida, a su hospital de sangre, llegan muchos legionarios heridos de las campañas africanas. Alguien les habla de un Cristo que le llaman de la “Buena Muerte”: No me mueve mi Dios, para quererte, El cielo que me tienes prometido… ¡Pero si yo no creo en nada, si me da igual la muerte! Son hombres que han aceptado a la Legión como religión y que sus oraciones son el valor, el compañerismo y la amistad; la unión y el socorro, la marcha y el sufrimiento, dar la vida por el compañero. No se hacen preguntas sobre el más allá aunque intuyen que alguien los acogerá y les conducirá a ese cielo legionario.

“Si un día Dios me llama…”, reza el legionario por dentro, y reza cuando canta, por si le llega la muerte; que entre la vida y la muerte, cuando a ambas uno las ve a diario, sabe que sólo las diferencia un suspiro, una bala que te llega de repente.

Es en Málaga donde les hablan de un Cristo que es legionario y que por eso es de los pobres. Que no le importa que hayas sido delincuente ni ajusticiado entre malhechores. Que también fue despreciado, abandonado y olvidado y que sabe no abandonar jamás a un hombre hasta perecer todos, darlo todo hasta caer reventado, nunca quejarse y confiar en la victoria, cumplir con el deber y no permitir vivir siendo un cobarde. ¿Que mejor advocación para dar las gracias por la vida, por las heridas curadas, que aquella imagen de Mena tan herida, tan dolida, pero tan viva?

Es el Cristo malagueño que busca entre los legionarios a su gente, son los malagueños que encuentran en La Legión su referente, son los Congregantes de Mena los que hablan de la buena muerte, y todos quieren creer, porque este Cristo que es malagueño, no miente. Compartir el dolor, compartir la muerte, hermanados, llevando sobre los hombros al compañero de todos, el de la Buena Muerte. Que no puede ser esa muerte un mero accidente, un azar en un combate sin esperanza ni explicación trascendente.

Era una primavera malagueña llena de luz. Cantan los novios de la muerte y la música se los lleva al cielo. ¡Al Cielo con Él!, canta el pueblo hecho legionario en la fe y el sufrimiento; todos cantan por dentro mientras se enredan en esa  primavera  buscando escaleras para subir a la Cruz. Hasta los mismísimos clavos de Cristo han subido con los mismos sentimientos que transportan en su herencia genética, sin manipular; son la infantería, de uniforme o de paisano, que da lo mismo,  que pasea su fe en Semana Santa; la infantería que se autolegisla con leyes de supervivencia para que una bala no te deje en el camino; la que deja su vida en un polvoriento camino, ¡Con qué facilidad Dios mío!, y sólo busca en la fe su esperanza.

Era como si la noche no hubiese caído, como si el día no tuviese de largo lo suficiente. En Málaga nadie se recogía esperando ver al Cristo legionario, al Señor de la Buena Muerte.Todos en silencio, cada uno el de su suerte, con la mirada en la madera de una figura que se retuerce y en la Cruz cobra vida, se transforma de repente en la carne de los que allí esperaban que el prodigio sucediese…Cantan los novios de la muerte, “Por ir a tu lado a verte…” que es el pueblo el que lo entiende y lo siente, y quiere saber que lo que intuye no le miente, que entre tanta soledad y abandono alguien te abraza, te escucha, te llama Caballero, te reconoce y te quiere. Cuando creías que no eras nadie alguien te dice que lo eres todo si la vida das por alguien.

Crédulos e incrédulos asisten cada año a este misterio de fe que vincula a la Congregación de Mena, al pueblo malagueño y a la Legión, alrededor de la advocación de El Cristo de la Buena Muerte y Ánimas. jpeg-70No vamos solos que nos acompaña la Armada escoltando a Nuestra Señora de la Soledad, compartiendo Congregación y creencias. Llevan a Nuestra Reina…

 

Estrella y Reina de los mares…

¡Salve! Estrella de los mares

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De tu pueblo, a los pesares

Tu clemencia dé consuelo

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Cantan los legionarios, también la Armada; todos están rezando, que los que ante nadie se humillan doblan a su Cristo la rodilla y le entregan el corazón.

“A la Legión se ha alistado un Cristo Crucificado,

ya nadie podrá decir

que a la Legión sólo viene gente de mal vivir”(Saeta popular).

 

Y morirán cantando, con una canción en sus labios que marque el compás y el ritmo del valor y del honor, cuando…

 

jpeg-7El toque de oración inicia el vuelo

Y hay en las últimas luces del cielo

Algo invisible que nos acompaña,

Como si en la quietud de los soldados

Estuvieran aquí formados

Todos los que murieron por España.

(Coronel Luis López Anglada).

 

General de División (R.) General de la Legión entre el 2001-2004

Blog: generaldavila.com

EL CRISTO DE MENA, LA II REPÚBLICA Y EL JEFE DE LA LEGIÓN General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Coronel Juan José de Liniers y Muguiro

‹‹Gracias por la lealtad de que siempre me habéis dado pruebas y por la certeza que tengo de que seguiréis siempre siendo un modelo de disciplina››.

Estas irónicas palabras estaban incluidas en el mensaje de despedida que el Rey Alfonso XIII dirigió el 14 de abril a los militares.

No hay la menor duda de que la proclamación de la República se hizo de manera arbitraria y como consecuencia de unas elecciones municipales que nada tenía  que ver con un cambio de Régimen. Nunca hubo una victoria en las urnas ni una Constitución votada por el pueblo. La legitimidad brilló por su ausencia, pero el Pacto de San Sebastián había conseguido su objetivo: derrocar al Rey. Los de la legitimidad todavía andan buscando como respaldarla e intentando convencer de lo que nunca ocurrió.

Después vino lo peor. La Ley de la Defensa de la República (auténtica ley mordaza), la violencia en las calles, dirigida de manera especial contra la Iglesia Católica, la agitación permanente… Un mal comienzo que nada bueno presagiaba. ‹‹ ¡No es esto, no es esto!››, ¿lo recuerdan?, pero era ya tarde.

No hubo muchos defensores de Alfonso XIII ni él tampoco los requirió, pero sí que hubo militares que desde el primer momento vieron que su sitio no era aquel y prefirieron dejar las filas del Ejército. Entre ellos estaba el Jefe de la Legión.

Iglesia de Santo Domingo en Málaga 1931

Mandaba en aquellos días la unidad más emblemática del Ejército español, la Legión, el coronel don Juan José de Liniers y Muguiro, que había sido jefe fundador de la V bandera ‹‹Gonzalo Fernández de Córdoba›› el 1 de noviembre de 1921.

En el momento de la proclamación de la II República el coronel Liniers se encontraba en Madrid en el curso de ascenso a general. El día 15 se entera de la marcha de S.M. el Rey y no tardó ni un momento en tomar su decisión. Puso un telegrama al ministro de defensa Azaña comunicándole su dimisión como Jefe de la Legión y pidiéndole el pase al retiro. El ministro le contestó de inmediato y con gran indignación. Le decía que la petición la cursase por el conducto reglamentario desde su lugar de destino y residencia, Riffien, donde se encontraba su unidad la Legión.

El coronel Liniers tenía muy clara su decisión y volvió a enviar otro telegrama al ministro, esta vez diciéndole que así lo haría, pediría el retiro desde su unidad. No quedó ahí la comunicación sino que le expresaba que la  despedida sería ante sus legionarios formados y dando los vivas reglamentarios hasta entonces:

¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!

‹‹Le aseguro señor ministro que serán contestados con el mayor entusiasmo por todos los legionarios››.

Recibido el telegrama y sin soltarlo de la mano el ministro concedía el retiro inmediato al Jefe de la Legión.

El coronel don Juan José de Liniers y Muguiro tuvo el honor de ser el primero en la historia en acompañar al Cristo de la Buena Muerte con el inicial desembarco de la Legión y posterior desfile por las calles de Málaga. Así se inicia el vínculo entre la Legión y su protector:  el Cristo de la Buena Muerte.

Cristo de Mena

La quema de conventos y destrucción del Cristo de Mena

La llegada de la II República iba a terminar con los desfiles procesionales. El 11 y 12 de mayo de 1931 ardían todos los templos de Málaga. El Cristo de la Buena Muerte, el de Mena, fue quemado con saña. Con el Cristo legionario fueron destruidas 15 tallas de Pedro Mena.

El coronel Liniers fue el primero y el último que, junto a sus legionarios, dio escolta y desfiló con el Cristo de Mena, el de La Buena Muerte y Ánimas. El año 1930 se realizó el primer desembarco y la Legión desfiló, con su Coronel al frente, dando escolta al Cristo recién alistado, al Cristo Legionario, el de Mena.

El año siguiente, 1931, es protagonista del cartel de la Semana Santa de Málaga. Pero el ambiente es distinto. El aire está denso y ya se vislumbra una primavera roja de odio y dolor. Unos aplauden, otros gritan y silban. Como «escandalizantes y provocadoras» califican algunos medios las imágenes procesionales.  Un mes más tarde, el 12 de mayo de 1931, el infierno de odio y fuego que asola a España, a la España cristiana y católica, llega a Málaga, a Mena, y el Cristo Crucificado, el de la Buena Muerte, el de los legionarios, es arrojado a la hoguera. Los pequeños demonios bailan a su alrededor. Creen haber culminado su obra. ¡No! No han quemado al Cristo de Mena, solo fue una madera lo que ardió. El Cristo refugiado en tantos corazones no se perdió. El Cristo como buen legionario aceptó el reto y supo esperar. Se oyó un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Era un rezo, una oración, un  lamento que fue escuchado, el que convierte la muerte en Resurrección. Por eso es el Cristo de la Buena Muerte, por eso le rezan y protegen los legionarios. Aquí está de nuevo la Legión, aquí están para rezarte estos soldados, Caballeros que cantan ser novios de la muerte sabiendo que allí estás Tú, esperándonos en nuestro cielo legionario. No abandonar jamás a un hombre…

Los que habéis hecho este desfile procesional bajo la imagen del Cristo legionario sabéis de lo que os hablo y del significado de mis palabras.

No está de más terminar este recuerdo, como pedía despedirse el coronel Liniers, con los gritos reglamentarios:

Cartel de la Semana Santa de Málaga en 1931

¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!

¡Viva el Cristo legionario de la Buena Muerte!

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

Se publicó el13 abril 2017