
¿Pasapues maños?…, que nos gustaría ir a Madrid a rondar al Gobierno y cantarles las cuarenta, pero no nos llega el cable. La viñeta y el bocadillo son de D. Ángel Antonio Mingote Barrachina (q.e.p.d.): Dibu-jante, escritor, periodista, miembro de la Real Academia Española (silla r), marqués de Daroca, requeté, antiguo Alférez Provisional y Teniente Coronel Honorífico de In-fantería.
Si el colmo de todo buen herrador, ante situación complicada, fue siempre tener que agarrarse a un clavo ardiendo, ese día a Quevedo le bastó con sostener el pie.
Todo este absurdo epistolario que quiero contaros, me lleva al Madrid de 1600 cuando Quevedo paseaba, miope y cojeando como siempre, por las galerías del Real Alcázar, justo donde hoy se encuentra el Palacio Real, cuando un grupo de cortesanos que estaban allí holgazaneando le reconocieron y uno de ellos, sabedor de su habilidad para improvisar versos, le dijo:
—¡Quevedo, hacednos un verso!
El escritor le contestó:
— Dadme pie. (Quería Quevedo que el cortesano le propusiese una palabra o una idea sobre la cual confeccionar el verso), pero este lo entendió literalmente y, estirando la pierna, le acercó el pie. Quevedo, sujetando el pie, improvisó:
— Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura.(1)
Como la Pascua de Resurección y la primavera siempre tuvierom mucho en común, espero que hoy ámbas me den pie, para tratar de resumir el absurdo y rocambolesco epistolario que mantuve el pasado invierno. Fueron tres las cartas: una de película, otra que no me llegó y la última que no mandé.
La de película, «la primera», pura invección, estaba sellada en Hoolywood, y firmada por un tal Mitchell Leisen, el que fuera ayudante del gran director de cine estadounidense Cecil B.DeMille. En ella me cuenta que el autor de «Los diez mandamientos», siempre recomendaba arrancar una película con un terremoto y seguir «in crescendo». Mister Leisen decía que al maestro le apasionaba el espectáculo de la política española, y que de haber tenido acceso a su «Diario de Sesiones» lo hubiera tomado como referencia para el guion de una futura película. Me pide copia de las últimas sesiones del diario. Se las mando, y le hago saber que en él se reflejan los debates parlamentarios, elaborados por el Cuerpo de Redactores y Taquígrafos que recogen la palabra hablada con rapidez, y le prevengo que a veces en ese diario no queda escrito con veracidad lo sucedido, como en el caso del «Caballo de Pavía», pues aunque en el imaginario colectivo ha quedado grabado que el general entró en el Congreso de los Diputados para disolver las Cortes a lomos de su caballo, este hecho en realidad no ocurrió, y por tanto no figura en el Diario de la Cámara Baja Española. El general Mnuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque dirigió el golpe de Estado que disolvió la Primera República y, efectivamente llegó al Congreso en su caballo tordo, pero descabalgó en la puerta y permaneció en el exterior, en la calle Floridablanca, supervisando la operación. Los que si entraron fueron los guardias civiles que le acompañaban.
También le cuento otra de las anécdotas más famosas, esta ocurrida en el Senado, aunque tampoco quedó registrada en el Diario de la Cámara Alta. Involucraba a Camilo José Cela, senador por designación real, cuando respondió a D. Antonio Fontán Pérez, marqués de Guadalcanal, primer presidente del Senado de la España democrática, al quedarse dormido en plena sesión.
— «No, no, señor presidente. No estaba dormido, estaba durmiendo». Ante la insistencia del presidente de que era lo mismo, Cela replicó:
—«No, no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, al igual que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo».(sic).
A veces, le comento, que el «Diario de Sesiones» de nuestros Congreso o Senado se dedican a omitir o corregir muchas de las pifias de sus señorías. Recientemente no transcribieron lo que dijo una famosa exministra cuando hablaba del «diputao» y lo «aprobao», y si en el diario consta que dijo «Gotemburgo» al referirse a la ciudad sueca, se falseó puesto que su señoría dijo en verdad: «Gutemberg», y Según sus mismas palabras «es obvio de toda obviedad» que esto no está bien.
Seguro que pocas generaciones separan a más de uno de esos políticos de su «bancal» en el pueblo, y también más de uno, serán «desertores del arado». Si no les enseñaron modales, fíjense, puesto que hay gente a la que mirar, estudiar, leer, lo que sea… todo menos usar el tenedor y cuchillo como si fuesen puñales. Las buenas maneras son especialmente necesarias en el caso de las personas corrientes, las señoras muy guapas pueden permitirse el lujo de no tenerlas todas, pero fijándose detenidamente, al cabo de unos días, se observa que a un gran número de ellas se les ve el «pelo de la dehesa». Perdonen que se lo diga, pero la mayoría de ustedes no son muy guapas…, y de los «perroflautas» mejor no hablar.
Al cabo de unos días Leisen me vuelve a escribir, y me dice que debido a lo que había leído en el Diario de Sesiones y mis anotaciones, abandonaba el proyecto pues dudaba de la veracidad del mismo, y sobre todo, según sus palabras:
—«You lair half-doctor, they turned you into president» (del mentiroso semi-doctor que tienen de Presidente).(sic)
Al final confiesa que no entende eso del «bancal», «desertores del arado», «pelo de la dehesa», «perroflautas», y que si hubiera coincidido con Berlanga, le cedería los derechos de la posible película, pues estaba seguro que la hubiera hecho mucho más divertida que la suya.
La «segunda» carta, la que no recibí, estaba encabezaba con un:
— Querido pensionista: Este Gobierno se siente incómodo, por lo que desearíamos que no le llegase la carta, pero necesitamos dinero, y para resolver todos los problemas que tenemos, hemos decidido iniciar una campaña tratando de convencer a nuestros súbditos aborregados, para que devuelvan, según nuestro criterio, todo lo que cobraron de más en sus pensiones de lo que en su día aportaron. Me hacen hincapie en que cada uno debe saber vivir con el dinero que tiene ganado con el sudor de su frente. Les digo que no como ellos, que lo ganan con el sudor de los de enfrente.
Luego me enteré que con esos ahorros quieren comprar dos espejos deformantes, uno cóncavo y otro convexo, para el Salon de los Pasos Perdidos, que deforman en don Quijote y Sancho a todo el que se mira en ellos. (Algo oyeron del Salón de los Espejos del Palacio de Versalles).
Esos «Pasos Perdidos», me llevan a la magnífica película de Fernando Fernán Gómez «El Viaje a Ninguna Parte», donde asistimos en los años 40 y 50 al final de una familia de comediantes, y me recuerdan a los paseos que dan ustedes por ese Salón como perdidos en el final de sus carreras.
A la semana, les contesté con la «tercera» carta, la que no les mandé. Lo hice para que supieran que estoy vivo, y la escribí despacio porque sé que ustedes son de leer deprisa, y en arial-20 por no abusar, como hacen ustedes, de la letra pequeña. Si no la reciben me lo dicen, y se la mando otra vez. Como se van cambiando a menudo de casas a «casoplones», no les pongo dirección porque no la sé. En ella les cuento que nunca olvidaré los grandes daños que están haciendo y que pretenden hacer a nuestra querida España, y a nosotros los funcionarios jubilados y pensionistas.
Relacionado con el acceso a la vivienda, me contaban que el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana de España, se justifica y dicen tener solucionado con sus mentiras ese gran problema. Tomarán como modelo el que puso en marcha Carlos III en 1761, cuando, poco después de que diera la orden de hacer carreteras, se dieron cuenta de que había que mantenerlas, no como pasa hoy con los trenes, y así nació la figura del «peón caminero». Cada uno tenían asignado un tramo específico de carretera, originalmente de aproximadamente una legua (unos 5,5 km), con un pico, una pala y un capazo donde llevaban la tierra para rellenar los baches. Vivían aislados, donde les tocaba, en casas muy pequeñas, «casillas» las llamaban, y además la compartían dos familias. Uno de los peónes iban hacia un lado de la casilla, y el otro al contrario.
Lo único bueno que salió de una de esas «casillas de peones camineros», concretamente de la de Val de Santo Domingo, a medio camino entre los 13 kilómetros que separan a Torrijos de Maqueda en la provincia de Toledo, fue el haber nacido en ella Fererico Martín Bahamontes, el «Águila de Toledo», aunque la realidad es que se llamaba Alejandro, y como todo lo de hoy, también esto me parece absurdo.
Veo que siguen ustedes despistados, como el perro de de mi vecino, que ahora le ha dado por correr y ladrar detrás de los coches que están aparcados.
En la carta que no mandé les decía que la última suya no me había llegado, pero a este pensionista que le escribe, aunque no le llegara, le entraron grandes remordimientos de conciencia. Pidiendo un préstamo, pude reunir lo que según ustedes cobré de más en los muchos años cotizados y con la presente se lo envío, aún sabiendo que su único objetivo es agrandar su patrimonio mientras se hacen cargo de las riendas del negocio, y digo riendas porque lo hacen como si se tratase de manejar ganado.
Si ven a mis compañeros pensionistas, jubilados y funcionarios, les saludan de mi parte, les preguntan si recibieron la carta, y les dicen que no se les ocurra mandar nada. Si no los ven no se lo digan.
Como les decía, con esa carta iba a mandarles el dinero, pero ya había cerrado el sobre, y no pude hacerlo, una vez más logré no confundir el vago deseo con la evidencia, dándome cuenta que el vivir de mentiras e ilusiones como ustedes, es morir de desengaños. Pocos de sus sueños se cumplen, la gran mayoría los roncan.
— Paréceme, grandes señores, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vuestras señorías, la cabalgadura.
La rondalla de los maños vuelve a gritar:
—¡Que no nos llega el cable
—¡Jodó! ¿Que pasapues?.
PD.-Mil gracias a mi querida hermana Yayo, que con su saber, me ilustró sobre las andanzas de Quevedo.
(1).–Del libro: «Su majestad escoja. Anécdotas Divertidas de Madrid», de Carlos Osorio García de Oteyza.
Ángel Cerdido Peñalver Coronel de Caballería ®
Blog: generaldavila.com
Zaragoza abril 2026.





















