Y es la ermita de La Santa, la del Donadío en el vado de la vega del río Guadalmez la que nos habla ahora de esta tradición: allí en su encalado ábside está el fresco del martirio de Santa Eufemia quenos “cuenta” comoya en el siglo XVIestaba levantada en este lugar; lugar que la tradición hace coincidir con el de la localización del campamento cristiano previo a laconquista de pueblo y castillo. Mis paisanos quisieron construirla allí, un paraje singular y bello por su paisaje y naturaleza, pero también, seguro, porque el subconsciente popular le atribuía una relevancia particular: por los siglos, mi pueblo sabía que en esa vega había sido objeto de un emplazamiento especial, con edificios, materiales y formas de construir ajenas a la manera habitual de estos parajes. Algo había allí que les atrajo: ¿Las ruinas de Solia, la ciudad romana? ¿Las de una villa de algún romano y hacendado terrateniente? ¿Tal vez las de templo dedicado a alguna deidad pagana…?
Los respetables sillares de granito ahora colocados en torno al edificio, la lápida que sus hijos ponen en el enterramiento de Sempronia, soliense, allí encontrada; las mismas características del emplazamiento elevado y “en hueco” de la ermita hacen que vuele nuestra imaginación…
Y allí, un lugar exclusivo, con “poderes”, (todos los santuarios tienen algo de esto) se decidió edificar esta casa a Santa Eufemia en cumplimiento de la promesa que los caballeros calabreses hicieron a su Patrona si les ayudaba en la batalla; si ésta fue la primera o hubo otra anterior no lo sabemos.
Desde siempre esta construcción ha atraído mi atención, y un poco de lo que acaban de leer ya lo recogí en un soneto que escribí hace unos años; así la vi entonces.
LA ERMITA
Cual frágil, diminuta carabela,
por los mares en verdes navegando
te avista el caminante, justo cuando
entre encinas tu blanco se revela.
El río, tras la curva ve tu vela,
y sus brazos, la vega dominando,
pasan cerca de ti, casi rozando,
y entre cañas y juncos va su estela.
Dicen que, por aquí, casi a tu vera
una ciudad, hicieran los romanos
que en los tiempos se pierde, Solia fuera.
Con fe, te edificaron, y sus manos;
y por siglos con cada primavera,
a La Santa, te traen mis paisanos.
Pues en torno a esta ermita blanca, humilde, umbría, fresca, recoleta y tan querida por los calabreses y en torno a Miramontes, su imponente castillo, gira la historia de mi pueblo; la “reciente” porque existen pruebas de haber sido lugar de asentamiento humano ya en el neolítico y por supuesto asentamiento de los iberos que nos dejaron otra fortaleza defensiva, otro castillo de piedras superpuestas datado en siglos antes de la dominación romana. La ermita ahí sigue, querida por mis paisanos y cuidada por la Hermandad de su Titular a la que este humilde amanuense se honra en pertenecer: tradicionalmente, treinta y tres los “hermanos” por aquello de los que, cuentan, fueron treinta y tres caballeros los calabreses que hoy hemos recordado. El castillo fue desmochado junto con la “inexpugnable” muralla que rodeaba el pueblo como medida disuasoria de los Reyes Católicos contra el Señor de turno del orgulloso Señorío de Santa Eufemia, que se encampanó contra ellos. Y desde entonces los calabreses somos gente inconforme, un tanto testaruda, y dura como las roca en la que se asientan, castillo y caserío.
Esto sí que es memoria histórica, de que algún día es posible que les cuente más COSAS…
Don Eufemio, abril 2019































