Vemos en el ambiente momentos y situaciones que ponen en entredicho la cohesión nacional, naturalmente desde el punto de vista del soldado es preocupante. Y lo es porque el soldado conoce y no es ajeno a situaciones, fuera de nuestras fronteras, en que hechos similares han terminado conduciendo a la violencia.
En este ambiente además, el soldado se siente herido cuando se desprecian referentes históricos o se ocultan y se desfiguran interesadamente hechos épicos ancestrales. Estos actos agreden dolorosamente su espíritu. Se siente un desconocido y despreciado, asunto doloroso cuando en su sentimiento, es el aprecio de la sociedad a quien sirve su más preciado premio. El hecho de que no nos conocen, es quizás, la razón del silencio ante estos hechos, de quienes debieran oponerse a quienes nos agreden. Cualquier conocedor de la historia militar patria y del alma castrense, tiene múltiples argumentos para desmontar estas acciones revisionistas sectarias y ofensivas. En la idea de que no nos conocen y por si por aquí asoman y leen, esta reflexión:
La formación de un soldado se orienta a la preparación para el combate, por tanto debe ser y es integral, abarca voluntad, conocimiento y resistencia al esfuerzo, y ese es el motivo por el que en su formación se contemplan los tres ámbitos: “formación moral para fortalecer su voluntad; instrucción técnica que le prepare para emplear los materiales y dominar los procedimientos; y por último, adiestramiento físico para incrementar su fortaleza y resistencia a la fatiga”.
De esas tres parcelas, la moral es la más compleja y además vital. Y lo es porque en el combate se producen situaciones extraordinarias, en las que el estrés es superlativo y la incertidumbre permanente. Se lucha a muerte y en él se ve caer al amigo o al compañero, unas veces desmembrado, otras veces con heridas dolorosas y es comprensible que en ese ambiente fluyan los instintos a borbotones, incluidos los más bajos. Y si uno no es capaz de controlarlos, en ese momento deja de actuar como un soldado. Se convierte en otra cosa.
El que ejerce mando de Unidad en combate ha de estar preparado para tomar decisiones coherentes en escaso tiempo, en un ambiente de altísimo estrés y enorme incertidumbre y ha de estar convencido de que el soldado responderá adecuadamente, si existe verdadero ascendiente entre compañeros y mandos inmediatos.
Es precisamente la moral como alimento de la voluntad la que establece con claridad la diferencia entre un ejército y un grupo o muchedumbre armada. El carácter castrense, marca esta diferencia sometido a unos valores que son concretos, permanentes y de carácter universal.
Invertir esos valores o ningunearlos supone la primera causa de devaluación de un ejército, de convertirlo en otra cosa. Las experiencias en misiones fuera de nuestras fronteras, han corroborado la aseveración anterior. Hemos vivido de cerca la actuación de ¿ejércitos? constituidos por individuos ajenos a estos valores por falta de formación castrense, que adolecían de una cohesión ficticia, donde la disciplina quedaba reducida al marco del grupo limitándola a su líder, asunto que les hacía ajenos a los supuestos intereses superiores que debían conducir las acciones de conjunto. También líderes que no asumían el valor de la jerarquía más allá de ellos mismos, enfrentados en ocasiones, ajenos al derecho de la guerra y a sus leyes y desde luego incapaces de la empatía necesaria hacia otras zonas que no fueran la propia. Fracasaron a la vez que cometieron verdaderas brutalidades en función del temperamento de quien los conducía. El asesinato, la expoliación, la venganza y el odio, constituían en las más de las ocasiones la norma.
El condicionamiento primero para poder hablar de Ejércitos se basa en dos principios inalienables: “La jerarquía y la disciplina”. La ausencia de cualquiera de ambos principios, haría que no pudiéramos hablar de ejército, sería cualquier cosa menos ejército.
La jerarquía conlleva una elevación de la responsabilidad en relación directa al rango que se ostenta. No solo es capacidad, también es el mérito en lo que se sustenta, asunto que obliga indiscutiblemente al ejercicio de la ejemplaridad.
Al ser los ejércitos una organización disciplinada, el primer condicionante de esa disciplina es el sometimiento al Derecho, entendido éste como la colección legislativa nacional y aquellas leyes de carácter internacional que la nación a quien sirve haya suscrito. Por tanto, los ejércitos cultivan los valores de la sociedad a quien sirven con una lógica mayor exigencia, pero también otros que les son vitales y que la libertad individual que concede la democracia, hace que no sean de exigencia para aquellos compatriotas que son ajenos a la institución castrense. De ahí el hecho de esos valores concretos y permanentes del carácter militar. El respeto a sus antecesores, la exaltación de sus héroes, hechos épicos, símbolos históricos y tradiciones seculares, sirven como alimento a esa voluntad de estar dispuestos a someterse a valores que están por encima de la propia vida, que son permanentes y tienen un carácter universal, pues no hay ejército, digno de este nombre, que no los cultive.
Se equivocan aquellos que teniendo capacidad imperativa, alteran las tradiciones; desprecian los héroes; ocultan, silencian o desfiguran hechos épicos ancestrales; destruyen símbolos e infraestructuras tradicionales; y prohíben o alteran sus lemas, himnos y decálogos. Eso daña inevitablemente la moral y si la moral desvanece peligra la disciplina.
De la misma manera, establecer líneas reivindicativas paralelas al conducto regular por vía de mando, inevitablemente devalúa la jerarquía. De acuerdo con la tradición militar española, la primera responsabilidad de todo aquel que ejerce mando, es velar con justicia por sus subordinados.
Ejercer el mando tiene una gran exigencia, por un lado, porque ha de preparar a sus Unidades y sus soldados para enfrentar momentos durísimos (el combate lo es). Y eso obliga a ejercerlo con la máxima exigencia, pero esa exigencia ha de ir ineludiblemente acompañada de un proceder Justo y ejemplar. El primer responsable de que a un soldado no se le conculque el menor derecho que en justicia le corresponda es su jefe.
Toda circunstancia que lesione la jerarquía, afecta a la cohesión porque alimenta la desconfianza y quiebra la lealtad – circunstancia esta que debe ser ascendente y descendente – destruye el espíritu de Unidad y quiebra la disciplina.
Estos son auténticos peligros para la Institución castrense, que sin duda es la herramienta imprescindible en una sociedad para garantizar la defensa de su independencia, su libertad y su seguridad. En definitiva su soberanía. Pero como tal herramienta ha de ser de calidad y bien utilizada.
Enrique Alonso Marcili Coronel de Infantería (R)














Así de claro y contundente, con el laconismo propio de la expresión militar, se enunciaba el artículo 21 de las antiguas Reales Ordenanzas que desde tiempos de Carlos III han sido la norma de conducta en nuestro ejército hasta hace bien poco. Estaban en vigor cuando yo entré en el Ejército. Y naturalmente lo estaban en el año 1898 cuando un puñado de españoles, que con justicia han sido llamados “Los últimos de Filipinas”, se vieron inmersos en la defensa del puesto militar de Baler, aislados, sin conexión alguna con el resto de sus fuerzas, durante 337 días.
Batallón Expedicionario nº 2 y contando con el apoyo sanitario del médico provisional del cuerpo de sanidad Rogelio Vigil de Quiñones más tres sanitarios; se vieron en la necesidad de hacerse fuertes en la iglesia de San Luis de Tolosa de Baler rodeados de una fuerza muy superior de rebeldes katipuneros que no respetaron el pacto de Biac – na – Pacto firmado entre Primo de Rivera y Aguinaldo. Las prematuras muertes del capitán y del teniente Alonso, dejaron al Tte. Martín Cerezo la mayor parte del asedio al frente del destacamento.
También aciertan acercando al espectador a un escenario físico y geográfico muy real que se caracteriza tanto por voluptuosa vegetación como por su falta de comunicaciones y le introducen directamente en el escenario de la acción. La iglesia de Baler y sus alrededores. Pero yerran ¡y de qué manera! En los perfiles históricos, psicológicos y profesionales de los propios protagonistas. Puede que no fuera intención del director hacer una película puramente histórica, pero no ha tenido la decencia de poner al principio el consabido anuncio “esta película sin ser histórica, está basada en hechos reales”
“El sitio de Baler, notas y recuerdos” en 1904. En las memorias del padre Minaya, que han permanecido casi un siglo inéditas hasta que recientemente han sido publicadas, disiente en algunos matices de lo que el principal protagonista de esta historia, el Teniente Martín Cerezo, da a conocer en el suyo. ¿A quién puede extrañar tales diferencias? Félix Minaya era un fraile que se debía a sus feligreses, que eran todos tagalos. No era un capellán militar al estilo de los Padres Huidobro o Caballero, cuyo primer cometido es auxiliar espiritualmente a los soldados. Era un hombre ajeno a todo concepto u ordenanza militar. Difícilmente podría entender la “obstinación” del oficial por no entregar el puesto.
abanderados por Ab el Krim se le autorizó a capitular. ¿Cuáles fueron las funestas consecuencias de aquella capitulación pactada? 3.000 soldados españoles fueron inmisericordemente masacrados. Intuyó seguramente el Tte. Martín Cerezo que algo así le podría suceder a los suyos ante unos rebeldes a los que había causado no poco quebranto y frustración. Su determinación se centraba en defender aquel puesto sobre el que ondeaba la bandera que había jurado y a sus hombres. El cumplimiento de su misión y la seguridad de su tropa. Así de claro.






Sin embargo, y para los más “retorcíos” -como dicen en mi tierra-, hagamos la pregunta al revés: ¿ Qué se es sin bandera, sin himno, sin patria, sin idioma, sin religión, sin tradiciones, sin raza …; ni orden, ni valores, ni cultura … ? Hoy, la chismografía y la falta de modales está de moda. Negarse a portar el guión de la Unidad en procesión; o desfilar dentro de una Unidad de Música Militar un suboficial con su instrumento en ristre, detrás de una imagen en procesión también es un fenómeno al uso, sea arraigada o tradicional o no lo sea; porque por otro canal podría constituir algo más serio dejar abandonado al jefe, y lo menos malo, sería negarse a “arrimar el hombro”, dejando al jefe tirado en la cuneta ante una situación no obligatoria (vamos, recogida en los papeles). ¿ Se imagina el lector que llegue, alguna vez, el día en que no existan voluntarios para portar a nuestro Cristo solemnemente ? Yo, por supuesto, no lo creo porque sería anticonstitucional en diversos aspectos, un tanto largos de debatir … Dice mi admirado amigo, el conocido periodista y escritor -ex-director de ABC, y autor de numerosos artículos, libros y programas de TV, y admirador de La Legión-, Nicolás Jesús Salas, lamentándose, que “con reiteración, algunos investigadores se acercan a las fuentes documentales y a los testimonios orales con un prejuicio favorable a sus propias ideas”.
Al final, no llegué a decidirme. Hubo otro capitán de la misma promoción, aunque no digo el Arma ni nada, que allá en tierras desérticas sería un modelo a seguir, intachable, muy admirado y valorado por el jefe de la Unidad, pero con los años cambió radicalmente, convirtiéndose en un conocido incordiador, aflorando una conducta extravagante que jamás hubiera pensado que adoptaría, y aquí lo vamos a dejar. Ya muchos años después, en la península, hubo un alto mando, exquisito, inteligente, trabajador, buena persona … que tras el toque vespertino de ¡ alto ! solía ir alguna vez a la cantina a charlar y tomarse una cerveza con la tropa, con su gente, y aquí, los estrategas de la obstrucción, le dieron un tirón de orejas, y creo que le quitaron el mando …
Subinspección se celebraron, con carácter extraordinario, corridas de toros. En Villa Cisneros (tal cual lo cuenta el teniente general Mariñas en su libro “El Sáhara y La Legión”, páginas 489-491), se incluyeron en los actos representaciones de lo que entonces se conocía como los “Festivales de España”, con la participación de excelentes instrumentistas, grandes voces y hasta “ballets”. Volviendo a los acontecimientos taurinos, debía ser la única corrida de toros que se celebraría en el desierto (ignoro qué ocurrió en el Tercio 3 tal efemérides), porque para su celebración hubo que empezar por el coso taurino, y sus “avíos”: burladeros, puertas de toriles, tendidos, asientos y palcos. La arena del ruedo, naturalmente, sería una gran ventaja autóctona, y lo único que se escapó de la instalación fueron los tendidos de sombra. En la distribución de tendidos y graderíos pusieron dos curiosos carteles que decían : SOL y MÁS SOL. Los saharauis acudieron en masa. Los espadas participantes, anunciados en los correspondientes y reglamentarios carteles, eran dos legionarios que, tras matar a los astados, hubo de retirarlos del ruedo (a manera de “caballería”, como no podía ser de otra manera) arrastrados por una autoametralladora del Grupo Ligero Sahariano II, ante la inexistencia de las mulillas (arrimándome al vehículo, a tenor de lo que dejé entrever más arriba, cuando se disolvió en Grupo de Caballería, ya en la plaza de Ronda, algunos vehículos-autoametralladoras, ya en desuso, conformaron la ordenación del acuartelamiento de nuevo asentamiento del Tercio 4. Un grupo de mandos de Logística, destinados en el Tercio, consiguió arrancar uno -con todo el motor inundado de agua durante tantos años- hace unos meses, y que hoy funciona perfectamente e, incluso, desfila en las solemnidades del “Alejandro Farnesio”, y “ganándose a pulso” el vehículo la cadena de fotografías de las que se ha hecho acreedor).






