DON JUAN CARLOS I Y EL 23F21 Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Presencié en directo (es un suponer) el aterrizaje de la nave estadounidense en Marte; por ahora ningún hombrecillo verde. En su día debió de haberlo y ahora andan repartidos entre nosotros.

Mientras veía la transmisión pasó algo inaudito, pero demasiado frecuente. Todo se desarrollaba con precisión científica y la transmisora, una colombiana que lo hacía ameno y científico a la vez, pretendió establecer contacto audiovisual con una compañera. Obtuvo la imagen, pero no el sonido. Estábamos llegando a Marte, con exactitud y precisión, donde el avance de miles de disciplinas se ponían a prueba, pero incapaces de establecer una comunicación terrestre. Nada falló; solo eso: la comunicación, tan sencilla, entre dos redactoras del acontecimiento situadas muy cerca. No todo está conseguido y los pequeños detalles son la muestra de nuestra incapacidad o descuido. Nos creemos todo y el mundo es nada.

Supongo que de algo servirá haber llegado a Marte, pero seguimos sin poder vacunarnos ni saber en qué liga se juega en esto de la pandemia. Ni siquiera sabemos si es real o un sueño. Nos queda esperar que el que ha salido de la cueva donde se proyectan las sombras entre, por fin, y nos cuente lo que hay fuera.  No le creeremos.

En España, a punto de desaparecer, tan contentos siguiendo a los marcianos del Gobierno, se nos olvidan los detalles de comunicación entre nosotros. Los circuitos están rotos. Vivimos de la venganza, de la envidia y de la traición.

De todo ello es prueba lo ocurrido este pasado 23F en el Congreso de los Diputados con la presencia de todos menos del que debería estar. Si algo terrible ha pasado en los últimos años de democracia en España ha sido el 23F y el actual golpe de Estado en marcha iniciado en Cataluña y con sus autores en comandita con el Gobierno legal. Algo inaudito, tanto que este 23F21 parecía que era el refrendo a la situación. Solo el Rey Don Felipe ha recordado todo lo que España le debe a su padre: «La firmeza y autoridad de Don Juan Carlos fueron determinantes para la defensa y el triunfo de la democracia».

Para quitarse de en medio obstáculos molestos se han encargado de echar de España al salvador de la democracia, al Rey Juan Carlos I, al que se le debe las cotas de nivel de vida y resonancia internacional alcanzadas por España, mientras ahora vemos como lo logrado va marcha atrás y día tras día pierde la credibilidad y fuerza ganada en años. También pierde la democracia. La libertad.

Me siento avergonzado de este Gobierno, de los partidos que colaboran en esta farsa y que han obligado al Rey Juan Carlos I a irse de España y que sea contemplado como un presunto delincuente. Algo parecido hicieron con su abuelo Alfonso XIII sin que ningún tribunal ni ninguna prueba haya sentenciado contra él; y mira que se investigó hasta en los pliegues de la chaqueta real

Con todo mi cariño, que es todo, pero toda sinceridad, le digo a Su Majestad que vuelva. Que  no consienta que esta gentuza le obligue a estar lejos de su amada patria y que si tienen los santos… de emprender acciones judiciales contra él, que lo hagan, y que si quieren juzgarle en la Plaza Mayor, ante el enfervorecido pueblo callejero, que lo hagan.

Con la cabeza bien alta ante los ingratos que pretenden no llegar a la luna, sino asaltar el cielo. Hay que enfrentarse a su repugnante maniobra pase lo que pase.

Cuando se habla de las verdades: «Nadie es profeta en su tierra» y «cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies».
Volved, Señor, y que empiecen a tirar piedras si el valor se lo permite. Sé que no queréis remover más inquietud y os imponéis un nuevo sacrificio al no volver.

La ceremonia y el recuerdo de este último 23F es inadmisible. Debemos recordar los españoles que solo V.M. ha logrado lo que parecía imposible: el progreso de España hasta alcanzar niveles históricos y que ahora perdemos en prestigio y economía. España se empobrece y desaparece.

Vuelva Señor. Que no se rompa la comunicación mientras aquí estamos en la luna. Creo que lo que digo es el sentir de millones de españoles que se rebelan contra la injusticia. La casa de muchos españoles es la vuestra, dispuestos y encantados de recibiros.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

24 febrero 2021

 

HOMENAJE A AZAÑA ¿ESCRITOR O POLÍTICO? Rafael Dávila Álvarez

«¡Cuádrese! Soy el ministro de la Guerra».

Según, Memorias de Diego Martínez Barrio (Espejo de España, pág. 32), esa fue la entrada de Azaña en la milicia para posesionarse del ministerio de la Guerra.

Era de noche y en la oscuridad de las bujías, aprovechando las sombras, Azaña pone firmes al oficial de guardia del palacio de Buenavista, sede del ministerio de la Guerra. El general Ruiz Fornell  le da posesión del cargo. Azaña acababa de cumplir un sueño infantil. El niño don Manuel sueña con su juguete: ¡Soldados!

No voy a hablar de lo militar, que hay para rato, solo diré que para él los ejércitos eran una caja de soldaditos de plomo al que alguno le faltaba una pierna. Hacía sin consultar y deshizo más que hizo.

Cada uno es muy libre de hacer interpretaciones de la vida de cada cual. La historia, lo acabo de aprender después de muchos años, es subjetiva.  Hay mucha, demasiada, interpretación en nuestra reciente historia, sin el tiempo suficiente para alejarse y mirar sin actuar como mediocre actor. Hasta los documentos no valen si no están interpretados por el interpretador llamado historiador. De ahí surgen los ensalzados prohombres de Estado. Como Azaña. Interpretables.

Me gustaría ir a los hechos. Tiene buena literatura, alguna prosa magnífica, sin duda. Es más conocida su versión política. No sé a cuál de las dos se rinde homenaje en una exposición que ayer inauguró el Rey Don Felipe.

Políticamente no se sabe muy bien lo que era, al margen de ser Azaña, que lo era casi todo para él, porque nada sabía de socialistas y menos de comunistas; y así le fue.

Certero en su apreciación al adivinar  por qué perdieron la guerra los que trucaron las elecciones y convirtieron unas municipales en plebiscito y unas generales en subjetivo recuento como ahora se ha demostrado. En La Velada en Benicarló un Azaña derrumbado llega a dar la clave: ‹‹Un acto revolucionario, una resolución oportuna y útil, no califican para mandar. Si el ranchero impide que su batallón se subleve o el buzo de un acorazado logra que la oficialidad no se pase al enemigo con el barco, déseles un premio, pero no me hagan coronel al ranchero ni almirante al buzo. No sabrán serlo. Perderemos el batallón y el barco››.

Azaña tenía esos tres problemas que acucian a España de manera permanente: el nacional, el religioso y el monárquico. A los tres les atacó con dureza y sinrazón. Muy en la línea actual mezclada con el perejil del intelectual fracasado en sus apetencias.

Andamos entre vacunas. La del 23F, la de los nacionalismos (por cierto y el ¿Estatuto de Azaña?), el terrorismo, el comunismo, y claro ¡cómo no! el socialismo. Todos vacunados. Falta la de la República; no fue suficiente con dos dosis.

«Paz, piedad, perdón». Era tarde y fracasado.

Suárez barajó, entre otros proyectos, trasladar a España los restos de Azaña y enterrarlos en el Valle de los Caídos. Aznar tengo entendido que también; o parecido. ¿Será la última vacuna?

He estado viendo y oyendo y al final he pensado que todo esto, lo de ayer, anteayer y el otro, es como una pedrada. Estamos en eso: tirar la piedra, pero a dar y si es posible a matar. ¡Vaya pedrada!

Debemos descubrir a quienes esconden la mano. En el bolsillo del mandil.

Los hechos y el BOE están ahí. Ellos son objetivos, aunque en ocasiones reflejen la subjetividad del que firma.

Esto, que les dejo entrecomillado, lo firmó don Manuel Azaña como presidente del Gobierno de la República, el día  26 de noviembre de 1931, después de echar al Rey Alfonso XIII, bisabuelo de Don Felipe.

Hoy el Rey de España les ha metido un gol por toda la escuadra a los vacunadores. Que cunda el ejemplo.

«Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los Poderes de su Magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país; en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón Habsburgo-Lorena; privado de la paz pública, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Don Alfonso de Borbón será degradado de todas las dignidades, honores y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de su representación legal para votar las nuevas normas del Estado, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás, ni para él, ni para sus sucesores. De todos los bienes, acciones y derechos de su propiedad que se encuentren en territorio nacional, se incautará en su beneficio el Estado, que dispondrá del uso más conveniente que deba darles. Esta sentencia, que aprueban las Cortes Soberanas Constituyentes, después de sancionada por el Gobierno Provisional de la República, será impresa y fijada en todos los Ayuntamientos de España y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones».

Firmaba la sentencia, como presidente del Gobierno de la República de España, Manuel Azaña el día 26 de noviembre de 1931.

El Decreto se había aprobado en las Cortes con nocturnidad: a las tres cincuenta y cinco minutos de la madrugada del 20 de noviembre de 1931. Alta traición. Una declaración de rencor —¿odio?— sin precedentes. Peor que la guillotina. Insoportable.

¡Vaya golazo!

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

18 diciembre 2020