En la segunda mitad de la década de los setenta coincidí en Oslo con un ingeniero inglés que trabajaba para British Petroleum. Peter S. era un hombre cultivado, muy moderado en costumbres y opiniones y de trato agradable. Practicábamos aficiones como la caza y la pesca, intercambiábamos impresiones sobre nuestros respectivos países destacando sus virtudes y señalando también sus defectos. En 1978, España se había dotado de una norma constitucional que a muchos ilusionaba entonces aunque a los menos, entre los que me contaba, nos suscitaba el temor de que un diseño autonómico del Estado volviera a propiciar aventuras secesionistas en un país con tendencias históricas centrífugas, como efectivamente ha sido.
Cuando terminó su contrato en Noruega, Peter regresó a Londres aunque, para mi sorpresa, regresó a Oslo pocos meses después, no por haber sido destinado de nuevo por la compañía, sino tras haber puesto fin a su relación contractual con ella. Recuerdo que en el transcurso de una cena me explicó que había regresado a Noruega porque el Londres que encontró tras años de ausencia había sufrido una transformación radical que no estaba dispuesto a asumir. Descubrió barrios enteros colonizados por inmigrantes africanos y asiáticos que habían alterado la fisonomía e incluso los aromas de la ciudad que él recordaba.Sin duda, el imbécil de turno habría diagnosticado un caso de xenofobia, pero en su caso no se trataba de eso: era sencillamente la sensación de que le habían robado nada menos que el paisaje vital de su infancia, juventud y edad adulta, pero también los valores que lo sostenían y las perspectivas de futuro que entonces ofrecían.
Lo he recordado al percatarme de que algo parecido me viene sucediendo desde hace tiempo y se ha agravado ahora con el último resultado electoral. Yo también pienso que me han birlado el país que conocí y en el que llevé a cabo como diplomático una labor tendente a preservar sus valores, su trayectoria histórica y su prestigio, lo que me induce a pensar que cuando algo tan grave sucede, lo mejor que uno puede hacer, por doloroso que resulte, es abandonar ese contexto nuevo de gentes con las que uno no tiene nada en común.
En 1961, Hanna Arendt escribió en»The Concept of History» que «una sociedad de masas no es sino esa especie de vida organizada que se establece automáticamente entre seres humanos que continúan estando relacionados entre sí pero han perdido el mundo que antaño fue común a todos ellos». Más claro, imposible.
(*) Ex Embajador de España.
8 Mayo 2019
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