ALARMA: RELIGIÓN, MAGISTRATURA Y FUERZA. Rafael Dávila Álvarez

Eran los pilares. Rotundos y recios. Ahora sobrantes, desechos de tienta. Bravura no obliga, ni rezos ni leyes y los cañones disparan desde las rotativas. España «debelada, imploró en vano la misericordia del César». La infantería murió en las trincheras mientras dilataba la vida que «era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes».

Hubo que huir con los pocos que rezaban, algunos soldados fieles y sin más ley que el honor. Lo que sucedió después fue una enorme pesadilla que casi no recuerdo, pero sé que aquella huida no sirvió de nada.

Errantes sin encontrar, «Yo Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones…», me levanté y pude mendigar o robar mi primera detestada ración de carne de serpiente. Unos hombres se comían a otros y todas las puertas daban a una celda o a un pozo, mientras las escaleras morían sin llegar a ninguna parte. No eran valerosos ni, por tanto, felices. Tampoco hablaban y pensé que era por miedo a la libertad sin caer en la cuenta que era para que no los obligasen a trabajar.

Creían que sin religión, sin magistratura y sin ejército podrían vivir en el pensamiento, en la pura especulación.

Todo se construía sin pilares, por lo que aquel era un mundo dudoso siempre. Así que decidieron irse a morar en las cuevas. Construyeron laberintos para confundir a la gente y la enloquecieron al encontrarse cada día con los mismos interrogantes y nunca la solución.

Las iglesias no eran necesarias ante la inmortalidad, la magistratura fútil en la igualdad, y el ejército era palabra olvidada, «todos adoctrinados por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén».

Para terminar con tanta perfección que habían alcanzado nos transmitieron que «ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte», entonces fue cuando nos sentenciaron que «lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal».

Cuando regresamos nos encerraron en el Palacio de la Alegría y nos dijeron que allí solo quedaban «palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros» y que no hablásemos a nadie de nuestras horas y siglos. Aquello se había acabado y este era un mundo nuevo en el que fuimos, en breve seríamos Nadie y al fin seremos muertos.

Todo ya murió. Por tu culpa. Eso no nos lo dijo nunca nadie.

Como con ello se habían hundido los pilares recios y rotundos, fueron a vivir a las grietas que aún dejaba la ruina.

«Salomón dijo: no hay nada nuevo sobre la tierra. Así como Platón imaginó que todo conocimiento no es otra cosa que recuerdo, Salomón sentenció: que toda novedad no es otra cosa que olvido» (Sir Francis Bacon (1561-1626) Essays, LVIII, en El Inmortal de J.L.Borges).

Olvidada la religión, la justicia y la fuerza, ya no queda nada. Grietas si acaso. Olvido.

Solo nos queda «seguir jugando a no ser ciego, comprando libros, llenando la casa de libros» como una ventana que nos permita saltar por ella antes de ser relegados.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

15 marzo 2021

 

 

EL ÁGUILA PASMADA. QUIETUD. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Quietud. Es la hora. Dicen que las vacaciones sirven para eso. No sé muy bien a qué está referida esa desconexión. Suprimir la comunicación me parece lo más apropiado.

He pasado unos días lejos de casa. El lugar es indistinto; no las sensaciones. Las capitales de provincia aún mantienen ese sabor de mundos pretéritos en los que parecía que allí nunca iba a pasar nada. Quizá aburridos lugares, pero eso es en definitiva desconectar: aburrirse. El término adecuado lo deja relegado el Diccionario de la RAE al sexto lugar: <<Sufrir un estado de ánimo producido por la falta de estímulos, diversiones o distracciones>>. Lo digo en positivo. La mística es algo así. Nada a los estímulos externos, nada de diversión, innecesaria, sin distracción. Nada. La heráldica habla del águila pasmada: águila que tiene plegadas o cerradas las alas. De repente me sentí así. Sentado en la terraza de una cafetería de la calle principal -la calle Real- de una capital de provincia, me encontré, las alas cerradas, absorto (pasmado), viendo, sin ver, como paseaba la gente.

El tiempo se iba, nada qué hacer, ni pensar en nada; porque lo que escribo no me fue dado a conocer entonces, que era un momento de nada. Ya esa noche estaba leyendo El Aleph; todos deberían leerlo. Desde El Inmortal al Epílogo. Entenderlo es otra cosa. Entonces fue cuando entró el pensamiento.

<<…determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico>>. Y sigue con algo incomprensible que ocurre muy pocas veces: <<No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos>>. Borges sabía que la quietud es algo imposible, pensar también, para la mayoría de los hombres y por eso es imposible que un pájaro anide en tu pecho. Ser inmortal es poca cosa, lo terrible es saberlo. <<Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro rio cuyas aguas la borren>>. Es absolutamente necesario.

El gorrión andaba a lo suyo, entre mis zapatos, comiéndose unas migajas de patatas fritas que habían caído al suelo. Él fue la distracción que me hizo volver a la complejidad del pensamiento, al que de nuevo he de entregarme ya convertido en recuerdo del que solo quedan palabras.

Les doy un buen consejo: dediquen tiempo al aburrimiento. La quietud es más compleja que el pensamiento, en contra de lo que antes apuntaba. Dediquen tiempo a ella. No lo piensen.

<<Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph>>. Todos podemos llegar a ver <<el inconcebible universo>>. Solo, como el águila pasmada, hay que cerrar o plegar las alas.

El gorrión seguía a lo suyo, como la gente, a sus migajas. Calle arriba, calle abajo. Hasta recogerse.

No entendí lo que me dijeron; tuve que levantarme y formar parte de la procesión de los que iban y venían.

Buscando el Aleph, <<en el decimonono escalón de la pertinente escalera>>.

<<Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde… >>. Todo. Sin subir ni bajar, sin ir ni venir, sin ascensor, en el decimonono escalón.

Es la hora de dedicar tiempo a nada. Háganse águila pasmada. Por un tiempo, este tiempo.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)