Constituidas las Cortes y formado, por fin, un Gobierno, asistimos ahora al proceso por el que tanto diputados, senadores y ministros materializan formalmente la asunción de sus cargos, mediante la fórmula legal de jurar, o prometer, guardar y hacer guardar la Constitución. Es un acto sencillo pero que dada la variopinta concurrencia de hoy en las Cortes, y demás circunstancias, se ha convertido en un sarao de ocurrencias más acordes con un esperpento que con la seriedad que requiere la situación. Así unos juran por esto, otros prometen por imperativo de aquello, etc.
La cuestión en sí es baladí, pues, en cualquier caso, nadie o casi nadie piensa realmente cumplir nada que vaya en contra de sus intereses por lo que, al menos para mí, todo esto supone una pérdida de tiempo y una tomadura de pelo.
Pero, vayamos por partes.
Jurar significa poner a Dios por testigo de lo que uno está dispuesto a cumplir. Es un hecho que demuestra de una parte que el jurando es creyente cristiano y de otra la relevancia que se da a lo que se jura.
Prometer por su honor no supone de ninguna manera que el que promete no sea creyente pues puede darse la circunstancia de que sí lo sea, pero que no quiera meter a Dios en estos asuntos y de otra parte cuando se compromete uno por su honor la relevancia de lo prometido no desmerece para nada del juramento. Al fin y al cabo el honor ilumina el camino de las acciones dignas en el que resplandecen la integridad, la rectitud y la nobleza.
En España el sentido del honor tiene una gran tradición y su cultivo ha sido objeto de veneración siempre como podemos siquiera observar en nuestros clásicos. Y si de juramentos hablamos ¿qué decir? si hasta de la propia historia nos llegan aún los ecos de la de Santa Gadea cuando Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, obligó a Alfonso VI, rey de Castilla y de León, a jurar que no había tomado parte en el asesinato de su propio hermano, el rey Sancho II.
En definitiva Jurar o prometer por su honor tanto monta o monta tanto; lo malo o perverso de lo que vemos es que se jura o se promete a sabiendas de que no se va a cumplir y es algo que vemos todos los días.
A ver, vemos en estos momentos que la Generalitat de Catalunya y la Asamblea catalana se encuentran en abierta rebeldía contra la Constitución y contra la nación española. ¿Dónde están los que han jurado hacer guardar la Constitución? ¿A qué esperan? ¡Ah! Que es cuestión de prudencia política. Vale, pero entonces dejémonos de parafernalias inútiles.
Otro ejemplo: el artículo 4.2 del Título Preliminar de la Constitución dice: “Los Estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las CCAA. Estas se utilizarán junto a la Bandera de España en edificios públicos y actos oficiales”.
Como bien sabe cualquiera que esté atento a lo que sucede en Cataluña y en el País Vasco el incumplimiento de lo estipulado es flagrante; incluso cuando la última toma de posesión del Presidente de la Generalitat se ocultó ostentosamente el cuadro de S. M. el Rey y no estaba presente la Bandera de España como era preceptivo por Ley. Sí esto no es incumplir la Constitución ya me dirán Vds. que es.
Por cierto, y sin hacer juicios de valor, en el ya citado Acto Oficial estaban presentes un Ministro del Gobierno y la Autoridad Militar de la Plaza tan panchos ellos como si la cosa no fuera tal cual fue.
Y reitero mi pregunta anterior: ¿Dónde están los que han jurado hacer guardar la Constitución?
Francamente todo esto es bochornoso y creo de verdad que sería más honrado evitar el paripé de juramentos y promesas que luego nadie cumple.
Y son tan sólo dos ejemplos los que he puesto pero créanme que hay muchos más, la lista es larga.
Yo propondría eliminar esta fórmula como precepto en la toma de cargos y responsabilidades. Al menos evitaríamos más de un cargo de conciencia a alguno que otro.
Y puestos a ello yo matizaría, según como se desarrollen los acontecimientos, también la fórmula de juramento a la Bandera por lo que en ella se manifiesta respecto a la integridad territorial y ordenamiento constitucional, puesto que tal y como veo yo el devenir de lo que vemos, los ejércitos no parece que respondan ya a su vinculación con la Patria como Institución sino como una simple parte de la administración del Estado. En ese caso ¿por qué obligar a nuestros soldados a jurar o prometer algo que no va a depender de ellos el que se pueda o no cumplir?
General de División de Infantería de Marina (R.) Juan Chicharro Ortega





































