Pensaba «escribir con las tripas», pero me voy a pasar al «Plan B», yo si que lo tengo, no como este gobierno que penamos , entre otras cosas el más caro y nefasto de la historia de nuestra democracia.
Por eso, quisiera contar algo relacionado con el caballo y como si fuera de nuevo a encaramarme, hoy «me da pie» a ello la difícil disciplina de los enganches. En la leyenda y en la historia, en la fama y en el deshonor, la verdad es que los hombres siempre hemos dependido de la montura, la fusta y el estribo. Casi todo lo importante que he aprendido en esta vida, a los caballos se lo debo.
Para abrir boca, y perdón por la osadía, empiezo con el mito del caballo alado que nos cuenta Platón en los diálogos que sostienen Fedro y Sócrates.
Platón decía que en el caso de los dioses, los dos caballos de su «biga» eran «tordos», bellos, ágiles, llenos de bondad, y representaban la nobleza del alma; en nuestro caso, el de los mortales, uno de los dos caballos también es así pero el otro es lo contrario: un «penco» desorejado «negro hito» y poco agraciado en su belleza que nos recuerda las malas pasiones. Gracias a sus alas, los dioses se mueven por la bóveda celeste. Por la dificultad de guiar nuestro coche, debido al caballo resabiado, a los hombres les es imposible seguir al de los dioses, pierden las alas y caen a la tierra entre nubarrones a la oscuridad.
Con la pérdida de las alas, Platón nos da a entender que también pierden su alma.
Así ha transcurrido hasta nuestros días el mito del carro alado, la figura alegórica que Platón eligió para hablar a sus discípulos sobre el alma humana.
Aquí en la tierra como en el carro celeste, el alma es el conjunto formado por una collera de caballos alados y su auriga. Caballos y yeguas tiran del alma y como seres nobles que son, aceptan el yugo sin jamás ser esclavos. Ninguno de ellos es «perro», aunque suelan repetirlo sus malos jinetes, y como decía Botín:
ꟷ«Nosotros rebuznamos, desde luego, con más frecuencia que ellos ladran».
Con tanto «penco» resabiado en el hemiciclo, lo más fácil es que a los que guían el coche de este Gobierno, se les vaya de «caña» la collera, caigan a la oscuridad y pierdan el alma. Entonces les pasará como a Ricardo III que no tuvo la paciencia de esperar a que el herrador introdujera el último clavo en una de las herraduras de su caballo, y de esa guisa, con la herradura en «solfa», se puso al frente de sus tropas en la batalla de «Bosworth», en la Guerra de los Treinta Años o de las Dos Rosas, la blanca de York y la roja de Láncaster. En el fragor del combate y por la falta de ese clavo el animal se «alcanzó», quedó descalzo, tropezó, cayó al suelo, y despavorido se fue de «caña».
Shakespeare inmortalizó la escena haciendo gritar al Rey pie a tierra:
ꟷ«¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!»
Y desde entonces un proverbio español dice:
ꟷ«Por falta de un clavo se perdió una herradura; por falta de una herradura, un caballo; por falta de un caballo, una batalla; por falta de una batalla, un reino».
En la fotografía que encabeza estas líneas veo que: por el número de caballos, dos cruzados de capas torda y castaña, y la forma en que estos van enganchados al carruaje, uno a cada lado de la «lanza» en paralelo, no tengo la menor duda que se trata, dentro de la modalidad de troncos, de un «faetón» sin capota con el tordo que hace de «madrina» y la castaña «de fuera». Las guarniciones son inglesas con collerón y pecho petral, todo de color negro y hebillaje plateado.
En España, como decían en otros tiempos, ya fuera «ora de rúa o de camino»,los «cocheros», «lacayos» y «postillones», han ido siempre muy bien vestidos, a la usanza de la época que correspondiera y en consonancia con la guarnición, a base de colores sobrios, grises, lisos o con pequeños dibujos «fil-á-fil».
El sombrero de ala ancha a juego con el traje de corte goyesco o de estilo continental, y el pantalón de machos o calzona abierta rematada con caireles.
No hay nada más difícil y sencillo a la vez que ponerse un sombrero de ala ancha; es un don, un arte; el que lo tiene se tira el sombrero a la cabeza y este siempre cae bien; otros, sin embargo…Su lema es:
«A cubierto, descubiertos y a descubierto, cubiertos».
El buen cochero siempre se descubre cuando saluda, y para recordar a un amigo fallecido, en señal de duelo, además de quitarse el sombrero, se pone de pie en el pescante, levanta el brazo derecho y con el látigo o tralla apunta al cielo.
Un cochero bien vestido trata de impedir que los caballos vayan cada uno a su aire o «entrocados», y procura avanzar por derecho hacia la luz, como hacían los de los dioses: con impulsión, sumisión y cadencia.
Sus señorías tendrían que tomar nota de los cocheros, de su vestuario y de sus gestos. Todavía no les he visto mirar al cielo recordando a los muertos de esta pandemia, de los que declararon y de los que ocultaron,y es que como dice el libro del Eclesiastés, entre ustedes el número de tontos es infinito, en latín y perdón por las palabrejas: «Stultorum infinitus est numerus»
Uno de los caballos, el macho tordo, ejerce de «madrina» o «de mano» por ser el mejor domado y experimentado, pero hoy, con la libido alta debido a la proximidad de la yegua y arrastrado por la fascinación erótica, se resiste a las riendas. La yegua de los cabos negros, la «de fuera», es dócil y tiembla ante el semental.
El temperamento de los dos semovientes es la razón de nuestra lucha interior entre el impulso y la timidez, entre la urgencia del deseo y la espera que inmoviliza. El amor es como ese difícil equilibrio equino.
Por favor, estén atentos a la técnica del enganche: el caballo que ejerce de madrina, el de «la derecha»es el más experimentado y de confianza.
Ya nos comentaba algo sobre el tema el gran Botín en su precioso libro el «Noble Bruto y sus Amigos», aunque en esta ocasión no esté de acuerdo con él (por lo que de antemano pido perdón y prometo no volver a repetir), al parecerme el símil incorrecto e inadecuado:
ꟷ«El amor a la yegua y no al acto matrimonial está en los caballos menos extendido aún que entre los hombres»
De ese libro, algunas de las letanías del jinete católico (es decir universal):
¡Líbranos Señor! ¡En tu divina misericordia, líbranos!
De los que tocan la flauta por casualidad…
¡Líbranos Señor!
De los que lo saben todo sin haberlo aprendido nunca…
De los que enseñan lo que no saben…
¡Líbranos Señor!
De los grandes héroes de aventuras imaginarias…
De los jinetes de tribuna, que ven muy bien y siempre hicieron muy mal…
¡Líbranos Señor!
De los que no leen nunca…
De los que cree todo lo que leen
¡Líbranos Señor! ¡En tu divina misericordia, líbranos!
En la campaña de Marruecos,en el Zoco de Jemis de Anyera entre Segangan y Zelúa muere en combate el día 7 de diciembre de 1924 el Capitán Adolfo Botín Polanco, espejo de oficiales y modelo de jinetes. Murió con poco más de 30 años, justo la edad que decían no debía rebasar todo buen húsar, al estar metidos en todos los fregados bélicos.
Todavía hoy se oye a los rifeños de la etnia bereber de esa región aislada y montañosa del Rif, comentar aquello de:
ꟷ«Llegaron los sarracenos y les molieron a palos, pues parece que Alá ayuda a los malos cuando son más que los buenos».
Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, el laureado Teniente Coronel de Caballería del Regimiento de Cazadores de Alcántara N.º 14, muerto en Monte Arruit en 1921 y nuestro conocido Adolfo Botín Polanco, hicieron suyos el lema con los que los Mariscales de Francia Lasalle y Murat se despedían en sus cartas, cuando escribían a sus mujeres desde el campo de batalla en vísperas de partir hacia el combate:
ꟷ«Mi corazón para ti, mi sangre para el Emperador, mi vida para el Honor»
¡Libranos Señor! De los que saben poco, de los que no saben nada, de los jinetes de tribuna… y del honor de húsar no hablaremos pues la mayoría de los que se escudan detrás de Daoiz y Velarde, los leones situados en la fachada principal del neoclásico Palacio del Congreso (mucho continente para tan poco contenido), no saben lo que es y para colmo, la mayoría se gana el pan con el sudor de su frente, perdón, quise decir «con el sudor del de enfrente».
Cuando todas las acciones que el cochero manda, ya sean impulsoras o de retención, a través de: la voz, el látigo, el freno y las riendas son bien aceptadas por los caballos; cuando todas las vibraciones que los caballos emiten son bien interpretadas por el cochero, se puede decir que en ese tan traído y llevado tándem formado por cochero-caballos hay lealtad, y cuando esto ocurre se produce algo maravilloso y es que el «guiar» se transforma en arte.
Señores del gobierno, además de estar enganchada a la «Gran Daumont», guiada por «postillones» con libreas de gala montados en cada uno de los caballo y ayudados por «lacayos» a pie, lo que se necesita para llevar bien esa gran carroza de lujo llamada España es: ¡«Saber»! , tener ¡«Lealtad»! y derrochar ¡«Arte»!
A la vista del panorama que se nos avecina a veces me sale la vena gallega y cuando me preguntan les digo, por un lado ya veis lo que hay, por otro, que queréis que os diga…, por eso sólo se me ocurre, como en los tiempos en que la emoción taurina venía menos dictada por el arte del toreo que por la lucha del astado con el caballo sin peto del picador,gritar como se gritaba en los tendidos ¡Más caballos!, y es que aquí hoy no se han expuesto argumentos sino emociones, no se esgrimieron razones sino sentimientos.
Para hacer a muchos de nuestros políticos, desde el presidente al último de la fila, pasando por vicepresidentes, secretarios de estado, ministros etc., solo se necesita una firma; para hacer un Murat, un Lasalle, un Primo de Rivera o un Botín, al menos hacen falta 30 años.
Me tomaré más de una copa porque tengo que luchar contra la añoranza, la nostalgia y el coronavirus, pero cuando empiece a recordar, por favor, quitarme la botella.
Aquí doy por terminado mi «plan B», con la mano de las riendas, mi izquierda, paso hoja; con la derecha, la de la lanza y la garrocha, acabo y me despido, pero antes me quito el sombrero y con él apunto al cielo y, sin mascarilla, rezo por todos los caídos en esta pandemia.
Ángel Cerdido Peñalver Coronel de Caballería ®
Zaragoza mayo 2020.
Blog: generaldavila.com