Siempre me llamó la atención el esmero con el que naciones como los EEUU, Gran Bretaña o Alemania cuidan en todas partes del mundo los cementerios donde reposan los restos de sus soldados caídos en combate.
Los he visto en Washington y en Normandía y también aquí en España he visto la misma dedicación por parte de los alemanes o italianos.
Salvo en el caso del Valle de los Caídos, y ya saben Vds. las intenciones de quienes quieren derribarlo, pocos son los casos donde podamos ver algo parecido al de las naciones antes citadas. No obstante surgen de vez en cuando iniciativas privadas que son dignas de todo elogio, de su conocimiento y esfuerzo. Les hablo hoy aquí de la que están desarrollando en Puerto Real personas como el Capitán de Fragata Guillermo Cervera y el historiador Manuel Izco Reina con el objetivo de dignificar a tantos soldados españoles repatriados de la guerra de Cuba cuyos restos se hallan diseminados de mala manera en una fosa común en el cementerio de Puerto Real (Cádiz). Su objetivo es encomiable y esperemos que el apoyo institucional que puedan encontrar fructifique y finalmente logren que tanto el Ministerio de Defensa como el Ayuntamiento de la ciudad citada se impliquen en el proyecto.
Según recojo literalmente del magnífico trabajo que han realizado las personas citadas, el 10 de diciembre del año 1898 tras firmarse en París el tratado que ponía fin a la guerra hispano-estadounidense, acuerdo que supuso de hecho la declaración de independencia de la isla de Cuba, así como la entrega de Puerto Rico, Filipinas y Guam a Estados Unidos, terminaron años de una penosa contienda entre los independentistas cubanos y el ejército español.
Desde poco antes, ya consumada la derrota, las tropas españolas comenzaron a regresar a la península, convirtiéndose el puerto de Cádiz en su principal lugar de desembarque. Entre los años 1898 y 1899 llegaron a la bahía gaditana un total de 36.678 militares procedentes de la contienda cubana de los que 4.305 ingresaron en distintos hospitales militares aquejados de diferentes dolencias.
La gran mayoría lo hicieron en la ciudad de Cádiz distribuidos entre el hospital militar, el hospital de San Juan de Dios y las clínicas de la Candelaria y de Santa Catalina, falleciendo 222 de ellos, apenas el 5%. Los afectados por enfermedades más graves o consideradas altamente contagiosas fueron de inmediato alejados de la ciudad y del posible contacto con sus habitantes, trasladándolos al hospital que se habilitó en el fuerte de San Luis de la isla del Trocadero (Puerto Real), al otro lado de la bahía, enclave alejado de todo núcleo de población y que ya había funcionado como lazareto algunos años antes, acogiendo a los enfermos de la epidemia de cólera que sufrió la bahía gaditana en el año 1885. En la clínica del fuerte de San Luis ingresaron también desde su apertura en los primeros días de noviembre de 1898, y hasta su clausura a comienzos del siguiente mes, 232 soldados que fueron aquellos que presentaban a su llegada las afecciones más importantes, pues la tasa de mortandad entre ellos se acercaría al 45%, con un total de 104 fallecidos quienes fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de San Roque de la villa de Puerto Real.
Estos soldados formaban parte de diversas unidades militares, si bien es cierto que casi la mitad de ellos pertenecían al regimiento de infantería de La Habana, al batallón provisional de Puerto Rico nº 5 y al 2º regimiento de infantería de marina. Durante casi un lustro, desde aquel otoño del año 1898, nada más se supo de estos soldados. Ni un monumento funerario, ni una simple lápida o una breve inscripción fue emplazada en el lugar donde se dio sepultura a aquel centenar de soldados hasta que en 1904 según se lee de la prensa local de entonces “gran parte del vecindario levantó su voz para que cumpliendo deberes de humanidad, se colocara en el sagrado lugar que ocupan en el víctimas de la contienda separatista, un mausoleo que perpetuara la memoria de aquellos mártires del deber (…) porque deseamos que las generaciones venideras, vean en aquel mausoleo la lúgubre historia que encierra aquellas cenizas que velan, para que jamás podamos ser tachados de ingratos”.
Sin embargo pese a este deseo general del pueblo de Puerto Real y los buenos propósitos de su ayuntamiento, lo cierto es que esta intención de edificar este monumento funerario no se llevó a cabo y, aún hoy, transcurrido más de un siglo de todo aquello, nada queda de aquel pretendido monumento que honrara la memoria de estos 104 soldados que fueron víctima de la enfermedad y la guerra, siendo ignorado por todos aquellos que pasean por este camposanto en el lugar exacto donde se encuentra la fosa que acogió sus inertes cuerpos.
Y esta es la triste historia de aquellos soldados que todo lo dieron por su patria.
Magnifica la labor de quienes quieren hacerles justicia aunque sea con más de cien años de retraso y que mediante un proyecto de monumento pretenden recordarles dignamente.
Desde aquí les deseamos la mejor de las suertes.
Honrar a los caídos no sólo es un deber de gratitud sino que demuestra la grandeza de una nación y no anda muy sobrada nuestra nación de aquella cuando asistimos a esperpentos como los habidos con los restos de los caídos en el Yak 42 o cuando vemos asimismo que los restos de los soldados caídos de la División Azul se encuentran en un cementerio en Rusia afortunadamente atendidos por una sociedad alemana que si no fuera así ya veríamos y así en tantos otros sitios.
Nunca en ningún lugar como en España cobra más fuerza esa medalla que las tropas carlistas , los requetés, portaban en el pecho : “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.
Juan Chicharro Ortega , General de División de Infantería de Marina (R.)

























