No ha mucho, las cámaras de televisión nos metían en casa – y en directo – la actitud de los guardias civiles responsables de la investigación que culminó con el hallazgo de Gabriel “El Pescaíto” y no fueron pocos los que se extrañaron de que aquellos curtidos hombres, más bien de edad madura, seguramente padres de familia, tuvieran que reprimir un acceso de llanto. Nodeun llanto estridente, ni desgarrado, sino de un llanto seco, de esos que aflora por los lacrimales y se seca apretando las mandíbulas.
Pues sí, señores. Los militares lloramos, ya lo creo que lloramos. Y rezamos, ya lo creo que rezamos. A veces lo hacemos de una manera casi inconsciente, otras,buscamos ese instante de recogimiento, cada cual, a su manera, cada uno a su bola, pero lo hacemos. Lo ha resumido en pocas palabras el Páter Nistal en este mismo blog al comienzo de esta Santa Semana: “Los militares, en el aspecto de la fe, tampoco pierden el paso. Mayoritariamente se confiesan católicos. Luego, serán más o menos practicantes”.
-Que sí, que sí-. Como reflejo de la sociedad a la que pertenecemos, aquí “Hay gente pa tó”, que diría El Gallo, pero también como personas que nos preparamos, que nos mentalizamos para esos momentos en los que la vida te lanza un “órdago”, sabemos que nuestra vida transciende de nosotros mismos. De otra manera ¿A qué jugárnosla? Y es en ese momento en el que cada cual acude a su creador, origen y fin de todas las cosas, por más que la razón nos lo cuestione con inusitada insistencia.Porque, como a San Agustín con la Santísima Trinidad, a nuestro racional entender se escapa el misterio de la vida eterna. Y es entonces cuando acudimos a la fe.
A todos nos ha pasado y todos lo hemos visto en otros. Recuerdo ahora mi primer lanzamiento en paracaídas en la Escuela de Alcantarilla. Era la segunda vez en mi vida que iba a tomar un avión (La primera fue para ir al Sahara) y previsiblemente no habría de tomar tierra dentro de aquel Aviocar. Junto con nuestra patrulla, embarcaron en nuestro avión dos veteranos oficiales de la Brigada Paracaidista que debían andar por allí de paso: El Jefe de Estado Mayor, cuyo nombre no recuerdo y el Coronel Sagaseta, todo un veterano oficial que había sufrido una herida de combate en la Guerra de Ifni. Ambos iban a su bola enfrascados en su conversación que se dejaba entrever por encima del ensordecedor ruido de los motores del avión. Súbitamente sonó un timbrazo y se encendió una luz roja junto a la puerta lateral, nos pusimos todos en pie, enganchamos la anilla dela cinta extractora en el cable estático y nos ajustamos por enésima vez el casco. Ya estábamos listos. Los dos veteranos oficiales que nos precedían, con toda naturalidad y sin ningún pudor se santiguaron, volvieron la mirada a nosotros y con el pulgar de la mano derecha extendido hacia arriba nos desearon ¡buen salto!
Aquel gesto sencillo, seguro que rutinario, encerraba un profundo significado tuvo en mis años mozos un verdadero impacto: no hay por qué sentir vergüenza de manifestar tus creencias. En verdad, ese proceder enraizaba con aquella piedad que nos inculcaban en casa nuestros padres. Cierto que ya siendo adulto, como decía aquel romance del poeta sevillano Rafael de León “Luego la vida se impone, tanto tienes, tanto vales”. Pero yo no les voy a vender como el poeta ninguna profecía. Solo hacer un acto público de fe, el mismo que he hecho en años anteriores, “cuando éramos soldados”, en otras Semanas Santas escoltando con los Legionarios al Cristo de la Buena Muerte e hincando la rodilla en tierra durante su viacrucis,
Que los legionarios
llevamos en pos,
este lema y esta fe:
De rodillas, ante Dios.
Ante los hombres, de pie
O en solitario, en la serena noche de en la Vega Baja, haciendo lo propio con el Cristo del Silenciode Cox, y poniendo a sus pies mi boina verde, implorar su protección para mis guerrilleros:
Quisiera, Señor, abrazar tu cruz
Y besar tus pies ensangrentados,
meter mi corazón en tu costado
y vivir en el tuyo aprisionado.
Divino Señor, Eterna Luz
Protege, te lo pido, a mis soldados
Porque los legionarios, los guerrilleros,todos los soldados, no solemos pedir por nosotros. En el fondo pensamos es que son tantos los que le piden el favor, el éxito o la suerte, que en verdad se le debe de agotar pronto. Nosotros le pedimos por el contrario templanza en la adversidad, coraje ante la vacilación y serenidad en la incertidumbre, pero le pedimos también unas espaldas suficientemente anchas para llevar tan pesada carga.
¡Ah! Y le pedimos, claro está por nuestras familias, por nuestros compañeros de armas y por España y por los españoles para que nos ayude a permanecer unidos mirando al futuro con optimismo.
Se lo pedimos sin exigencias ni apremios, pero sí lohacemos con confianza y con fe. Lo hacemos siguiendo el ejemplo de aquel viejo soldado – centurión por más señas – que hace ya más de dos mil años fue al encuentro de Cristo, con humildad, con contrición, pero con firmeza y tal como nos lo ha dejado escrito el apóstol Mateo, le pidió por uno de los suyos, consciente de que sus pecadosle hacían “indigno” de merecer tal favor para decirle:“Señor, yo no soy digno de que entréis en mi casa, pero bastará una palabra tuya para sanar a mi criado” y lo repetimos siempre antes de la eucaristía:
Domine, non sum dignus
Adolfo Coloma
GB (R) del ET
Blog: generaldavila.com
Viernes 30 marzo 2018














































