Desde el principio de los tiempos del ser humano en sociedad, han existido revoluciones. Podríamos definirse de modo general, como la pretensión de conseguir una alteración absoluta de las estructuras establecidas en un orden social y político para ser sustituidas por otras distintas.
Aunque se discute qué puede constituir una revolución y qué no. Estudios sobre revoluciones suelen analizar los eventos en la Historia desde una perspectiva psicológica, pero también otros análisis incluyen eventos globales e incorporan puntos de vista de las ciencias sociales, incluyendo la sociología y las ciencias políticas. Se habla así de distintos tipos de revoluciones: “política, social, económica, científica, tecnológica, industrial, etc.”
La pregunta es ¿Qué ocurre cuando en una sociedad o en una civilización determinada, se producen simultáneamente revoluciones de todos o varios de esos tipos mencionados? Naturalmente un conglomerado de revoluciones simultáneas, podrá hacer que siendo distintas las finalidades estratégicas de cada una, ocurra que, de entre los objetivos previos a alcanzar en el camino de esas múltiples estrategias, los haya, tanto comunes como contrapuestos.
Se complica así (en términos castrenses) el campo táctico y el operacional, pues cada uno de los grupos revolucionarios encontraría en su camino, otros que actuando de manera simultánea parecieran tanto como aliados, como enemigos.
Dos circunstancias actuales como la globalización y el enorme salto tecnológico de la comunicación dado en el corto espacio de unas décadas, permiten que las variopintas consecuencias de estas pretendidas revoluciones, afecten a las masas con inmediatez y simultaneidad, provocando en las gentes un magnífico desconcierto, hasta el punto de que un complejo similar al de Estocolmo, “les hace sestear ante el ambiente entrecerrando los ojos, para no enfrentarse a aquello que en su círculo íntimo no aceptarían” (Julián Marías dixit). ¿Estaríamos entonces, ante la revolución perfecta o, imitando el léxico actual, ante la madre de todas las revoluciones?
Para intentar dar una aproximación de respuesta a esta cuestión, ciñéndonos al segmento temporal de nuestra actual generación viva, podemos convenir que el sistema Gramsciano (1), constituyó en el orden estratégico de la revolución marxista, un punto de inflexión que propició, si no, un éxito absoluto en Occidente, sí obtuvo importantes objetivos en los ámbitos tácticos y operacionales en las décadas posteriores a la segunda “Gran Guerra”, dando lugar a sectarias revisiones históricas y al nacimiento de filosofías existencialistas, pacifistas y demagógicas, todas alimentadas por el magnífico aparato propagandista de la internacional comunista. Su exponente europeo, sin duda, fue el llamado “Mayo Francés de 1968”.
Ese enfrentamiento entre los dos grandes bloques llevo a una situación de tibia paz edulcorada que se dio en llamar “Guerra Fría” y que pareció llegar a su fin con la caída del muro de Berlín en las postrimerías de los ochenta, pero en mi opinión, de ese combate ideológico entre bloques, aparentemente finalizado tras la caída del muro, quedan escombros, sin duda; y también han nacido muchos hijos de ambos que se muestran en el ambiente con múltiples caras, cada uno con su particular finalidad, usan procedimientos similares, coinciden en determinados objetivos y se muestran dispares en otros. Ese totum revolutum que hoy vivimos es de amplio espectro y el Papa Francisco lo ha calificado como que estamos inmersos en la Tercera Guerra Mundial, otros aducen que se trata de una “guerra de quinta generación”.
Da la impresión que con la globalización y el salto tecnológico, esas filosofías políticas desde el capitalismo, pasando por el liberalismo y llegando al socialismo marxista, unidas a otras más antiguas, se han entremezclado alterando sus procedimientos iniciales mediante una metodología que permite cambiar la sensibilidad social, hacia conceptos considerados inicialmente como absolutamente inaceptables, acostumbrando a grandes mayorías a lo que en un principio les hubiera sido imposible acostumbrarse.
Ya no es preciso infiltrarse en la pirámide social por arriba, como preconizaba Gramsci. Ahora mediante la presión de grupos intermedios (Lobbies) con poderosos medios económicos, que dominan a su vez, otros capaces de crear opinión y que emplean de forma masiva, se fuerza la voluntad de las masas que llevan al político a legalizar lo ilegalizable.
El politólogo norteamericano Joseph Overton decía que “nos estamos convirtiendo poco a poco en una sociedad tolerante en la que la llamada libertad de expresión se ha convertido en la deshumanización y donde ante nuestros ojos se eliminan uno tras otro todos los límites que protegen a la sociedad del abismo de la autodestrucción”. Su deducción se basa en la idea de que “los políticos actuales que triunfan, son aquellos que adaptan su discurso a lo políticamente aceptable”, y no al revés.
Lo explica con la ventana de lo posible o ventana de Overton (en honor a su autor) consiste en una serie de acciones concretas que permite imbuir lo que parece imposible de ser imbuido, para conseguir los resultados pretendidos.
El proceso no es un simple lavado de cerebro directo, consiste en técnicas más sofisticadas que son efectivas gracias a su aplicación coherente y sistemática sin que la sociedad se dé cuenta del proceso. Es en realidad la fabricación paulatina de un ambiente que secuestra voluntades.
Hemos leído un ejemplo de esta nueva técnica revolucionaria en cinco etapas de como concienciar a una masa para aceptar lo que hoy es inaceptable: “el canibalismo”. Parece exagerado, quizás escandalizante hoy, pero a la vista de cómo ha cambiado la sensibilidad social, en tan corto espacio de tiempo, ante conceptos como la religión, la familia, la vida, el sexo, el género humano, la revisión histórica contemporánea y las leyes que sobre todo ello se han dictado en general en Occidente y en España en particular, el asunto da que pensar respecto a la debilidad de esas tres columnas en las que siempre se ha dicho que se sustentaba nuestra civilización: “el respeto a la razón de los griegos, el derecho romano y la filosofía social cristiana”. Hoy parece hacerse cierta la frase de la que desconozco su autor “el sentido común es el menos común de los sentidos”; el derecho positivo parece haber anulado el derecho natural; y de la religión cristiana para que hablar ante el laicismo imperante y agresivo.
Les ofrezco para terminar ese ejemplo sobre la ventana móvil de Overton mencionada.
Enrique Alonso Marcili Coronel de infantería (R.)
Blog: generaldavila.com
19 mayo 2017






































