(Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros. Horacio)
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Mediaba el siglo XI y la Iglesia empezó a reivindicar su derecho a nombrar los cargos eclesiásticos a lo que lo emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, detentores de los mismos a la sazón, se hicieron un poco los suecos; mejor dicho los alemanes.
Lindando el último tercio fue ascendido a la Silla de Pedro Fr. Hildebrando, parece ser de armas tomar, con el nombre de Gregorio VII y decide apretar la tuerca a los emperadores para
romper con esa mala costumbre del cesaropapismo (César y Papa) que tan ricamente les iba: promulga un canon y en su texto de veintisiete puntos declara que el Papa es el único titular legítimo del Imperio relegando a los emperadores a un segundo plano como meros ejecutores de la órdenes provenientes de Roma. Al año siguiente confirmó la prohibición por parte de los poderes laicos a interferir en el nombramiento de cargos religiosos. Enrique IV, desoyendo la prohibición papal, decidió nombrar tres nuevos obispos en Milán, Spoleto y Fermo, a fin de mostrar su poder al Papa. Gregorio VII, lejos de amilanarse, contestó ante tal provocación con la amenaza de excomulgarle.
El Emperador le responde con una dura carta que ya empieza bien en su comienzo: “Enrique, no por usurpación, sino por ordenación de Dios rey, a Hildebrando, que ya no es Papa, sino falso monje” y que no termina de mejor manera: “Yo, Enrique, por la gracia de Dios rey, con todos nuestros obispos te decimos: desciende, desciende, tú que estás condenado por los siglos de los siglos”. El Papa cumple su amenaza y lo excomulga, con lo cual la nobleza alemana no tendría por qué rendirle vasallaje. Dicha nobleza se encampana y comienzan las intrigas para deponer a Enrique.
Éste ve las orejas del lobo, y ante el temor de un enfrentamiento popular dirigido por la nobleza decide recoger velas e ir al encuentro del Papa, a la sazón en el castillo de Canossa. Vestido como un peregrino, descalzo y con actitud humilde, imploró perdón ante las puertas de la fortaleza. El Sumo Pontífice sabe que el perdón conlleva la retirada de la excomunión y por lo tanto, que el Rey recuperaría su poder, por lo que se niega a recibirle. Durante tres días, le hace dormir al raso sufriendo las inclemencias del tiempo, hasta que al tercer día Gregorio VII, tras considerar que ya lo había humillado lo suficiente, decide otorgarle su perdón y levantar la excomunión. Hasta aquí, la Historia, y la leyenda.
Ahí hoy, ahí está el personaje en el mismo escenario físico e institucional que tantas veces ha denostado después de todo lo que ha dicho, escrito y evidenciado sobre las más altas instituciones, símbolos y servidores del Estado; ahí está como gallina en corral ajeno al frente de toda su cohorte, mientras atisba -Damocles de hojalata- la espada de la dama ciega que pende y se balancea sobre su cabeza. Ahí está a la espera de nutridas decisiones judiciales mientras siente con espanto que no le llega la camisa al cuerpo.
No sé por qué rara asociación de ideas me ha venido a la mente el episodio de “la humillación de Canossa” en el que como en el original,
implorante y arrepentido, temeroso de perder prebendas y mamandurrias pretende con sus vanos e hipócritas gestos la clemente consideración de togas y puñetas.
Y mis disculpas -recurso literario- por la posiblemente hiperbólica descripción de los versos; pero algo tendrá el agua…
De la prensa de octubre de 2020
Pablo Iglesias ha acudido este lunes por primera vez al acto del 12 de octubre.
TU CANOSSA
(Soneto)
Cuánto habrás en tu adentro acumulado
cuánto pánico, pavor, ¡ay!, cuánto miedo;
cuánta tu cobardía, mal remedo
de gallo en el corral, hoy aterrado.
Saber quisiera yo si algo ha cambiado,
si abrazado tú has un nuevo credo:
la ceniza en tu testa, manso, quedo,
tu Canossa padeces, humillado.
¿“Cubierto de rocío” te arrepientes
de tanto el mal, tanta insidia, tanta intriga,
de tanto lo vertido en trazo grueso?
Mas siendo los agravios muy recientes,
hoy mereces, es justo, se te diga:
¡A otro perro, tú, con ese hueso!
Don Eufemio, oct. 20
(Continuará Dm; y si nos dejan)
PD.- A reseñar:
– SM. el Rey porta la bengala, símbolo de su Mando supremo de la Fuerzas Armadas.
– SM: el Rey estrecha la mano a los condecorados de las FAS. que representaban a la Unidades más implicadas en la lucha contra la pandemia.
– Pedro Sánchez aparece en la Plaza de la Armería, procedente del Palacio de Oriente.
– Iglesias luce mascarilla y pin de connotaciones republicanas.
– Irene Montero luce terno morado.
– Iglesias departe unos minutos con el Presidente del Tribunal Supremo, el tribunal del que dice “le va a absolver”.
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