
Estudié durante nueve años en el colegio de Montesión de los padres jesuitas en Palma de Mallorca, un colegio que por cierto abandona su sede histórica tras 460 años de dedicación a un proyecto educativo, «algo que tiene que ver con el retroceso de los jesuitas en Europa» en opinión de mi buen amigo y mejor escritor José Carlos Llop, exalumno como yo.
Ocupa el Papado un jesuita argentino que no deja de sorprender a creyentes y agnósticos con sus insólitos posicionamientos. Acaba de publicar una encíclica titulada «Fratelli Tutti» que creo que es la primera de carácter ecuménico que no utiliza la lengua latina y constituye un auténtico tutti-frutti de opiniones que hará las delicias de los políticamente correctos y dejará estupefactos a muchos de los que no lo somos; más que nada, porque se ocupa casi exclusivamente de temas mundanos en lugar de hacerlo de cuestiones teológicas; Pío XII mantenía que las encíclicas papales, incluso no proclamando verdades ex cathedra pueden ser lo suficientemente autorizadas para poner fin a un debate teológico sobre una cuestión en particular, pero en ésta se trata de temas tan poco teológicos como la ética de la relaciones internacionales, las migraciones, la pena de muerte y la de cadena perpetua, la deuda externa, la reforma de la ONU, un deseable popularismo opuesto al populismo, el no a la guerra llevado incluso al abandono del concepto de guerra justa, lo que llevaría a la renuncia a la legítima defensa etc.
Si lo anterior no es suficiente para alarmar al lector, determinadas afirmaciones del texto de la encíclica sin duda sí lo harán: en ella se afirma que la pena de muerte es inadmisible y que “Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal –escribe el Papa– y Dios mismo se hace su garante”. No misericordioso o compasivo sino nada menos que garante; confieso que no salgo de mi estupor sobre todo después de leer que «la cadena perpetua es una pena de muerte encubierta», algo que animará sin duda a los enemigos de la prisión permanente revisable y demás buenistas del universo mundo.
En materia económica, las opiniones del Papa resultan tan sorprendentes como poco fundamentadas. Sobre la cuestión de la deuda externa cree que “sin perjuicio del principio de que debe ser pagada, se espera, sin embargo, que ello no comprometa el crecimiento y la subsistencia de los países más pobres“. Sólo les faltaba esto a los gobernantes corruptos para tratar de escabullirse de sus compromisos. El Papa considera también que «todo país es también del extranjero (!) y los bienes del territorio no pueden ser negados a los necesitados que vienen de otro lugar. Por lo tanto, el derecho natural a la propiedad privada será secundario respecto al principio del destino universal de los bienes creados», principio que debo confesar que hasta ahora desconocía. También afirma el Pontífice que «el mercado por sí solo no lo resuelve todo. Es necesaria la reforma de la ONU» (!).
En cuanto a las migraciones, «los emigrantes deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados, ya que debe ser respetado el derecho a buscar una vida mejor en otro lugar. Para ello hay que aumentar y simplificar la concesión de visados, garantizar la vivienda, la seguridad y los servicios esenciales, fomentar la reunificación familiar» etc.
La encíclica concluye con una «memoria de Martin Luther King, Desmond Tutu (!), Mahatma Gandhi y el beato Carlos de Foucauld (Foucald en el texto)». Un bautista, un anglicano, un hinduista y un beato católico. Sólo se echa de menos la presencia de un mahometano, un judío, un animista amazónico y un masón filipino.
De hecho, la gran Logia de España ha hecho saber en un comunicado que «considera que Francisco abraza el concepto de fraternidad de la masonería». Alguien ha comentado que en lugar de Santo Padre a partir de ahora habrá que llamarle Santo Hermano.
(*) Ministro plenipotenciario jubilado.
Blog: generaldavila.com
8 septiembre 2020
















