Veo con verdadera preocupación el tono belicista utilizado en muchos lugares ante el problema creado en la frontera de España con Marruecos, fronteras que lo son también de Europa y desde el punto de vista de la Defensa, de la OTAN.
Es indudable que las fronteras deben estar protegidas y eso debe realizarse en dos vías de claridad meridiana para cualquiera que quiera tratar el tema en serio y no visceralmente. Una es la defensa política y la otra, dado el caso, la militar. Si falta la protección y seguridad política, irremisiblemente nos explota en las manos la solución militar. ¿Qué hacemos en la frontera con Rusia? ¿Qué hace la OTAN en la frontera con Rusia? Nadie puede negar que es un despliegue fruto de la falta de entendimiento y que a priori ninguno desea, pero nadie hace nada por evitarlo. Así están las cosas.
Creer que la solución en Marruecos está en los tanques, los buques y la aviación es desconocer y engañar al personal de un lado y de otro. Parece que en esta crisis vuelve ese malvado aforismo que algunos desean: «mientras peor, mejor», que es la única manera que, el que así piensa, puede obtener algún rédito. Es indudable que el tema de la frontera sur requiere mantener un despliegue militar disuasorio, fuerte y convincente; en definitiva: creíble. Pero no es la solución.
Todo lo que me quieran contar de Marruecos, de su monarquía, de su falta de libertad y respeto a los derechos humanos, todas esas cosas me las sé y las comparto. Ese es un profundo problema en nuestra relación y no seré yo quien les quite el viento de las velas al plantearlo. Sopla con fuerza desde el sur.
Vista la necesidad de ese despliegue militar vayamos a la concreta situación actual. Nada fácil y que dejará heridas, si no llagas permanentes. No hay otro culpable de la situación creada que el Gobierno Sánchez y el primer paso para la solución debería pasar por la dimisión inmediata de la ministra de Exteriores que junto a su embajador y responsables de la Inteligencia en la zona, caso de no haber remitido con convicción los informes pertinentes, sería un gesto para iniciar una nueva etapa que seguiría en cuanto este Gobierno deje de gobernar.
Por ahora debemos bajar el tono belicista y no pensar solo en los tanques, sino pensar.
Aliados, no enemigos. Hay mucho que hablar, pero más que pensar, meditar y por ahora: calma.
Podría ser que esto fuese el principio del fin. Un nuevo Gobierno en España: una nueva y fructífera etapa.
¿Mira que si al final nos abren los ojos y de camino la puerta de la Moncloa para que salga su okupante?
Lo he intentado resumir en los dos artículos de estos días que vuelvo a dejarles aquí.
MARRUECOS NO ES UNA AMENAZA PARA ESPAÑA. LA AMENAZA SOMOS NOSOTROS MISMOS
No creo que Marruecos sea una amenaza para España. Cada nación es soberana y muy libre de aliarse con quien crea conveniente para su seguridad y progreso. España no es ningún enemigo para Marruecos y en el conjunto defensivo mundial el Norte de África es de hecho un avispero que conviene tener controlado y con socios fiables. Ahí está la cuestión: fiabilidad. En el mundo de las relaciones internacionales hay intereses, muchas sonrisas y ni una concesión al que hoy te dice una cosa y mañana otra. La habilidad diplomática consiste en guardar las apariencias y ser honrado en el juego de las cartas. Lo que está mal visto no es tomar una opción u otra, sino ser un traidor y mentir. Los intereses de cada uno pueden ser admitidos, nunca las traiciones. La palabra más dura que hay en las relaciones internacionales es el engaño: puede ser la guerra.
Nunca perdió vigencia la fórmula de Clausewitz: «Almas humanitarias podrán concebir fácilmente que exista una inutilización, un desarme artístico del adversario sin causarle demasiadas heridas, y que tal sea la verdadera tendencia del arte de la guerra. Por muy bello que esto nos parezca, nos vemos obligados, sin embargo, a destruir tal error, pues en asuntos tan peligrosos como lo es la guerra, los errores que se dejan subsistir por benignidad son, precisamente los más perjudiciales».
¡Qué gran error el nuestro cometido en el vulnerable Sur de España, de Europa, por equívocas y erróneas negociaciones!
No nos engañemos. Claro que entre estos personajes deslustrados (desilustrados) que nos gobiernan, que nada saben ni aprenden, todo lo que digamos es predicar en el desierto.
Dice Clausewitz, previene contra el «álgebra de la acción»: «Se piensa que ya, ahora, entre los Gobiernos no serían necesarias las fuerzas físicas, sino solo sus relaciones, un acto racional, la guerra de los civilizados». ¡Idiotas! (digo yo), avisa Clausewitz y los Gobiernos sensatos alertan sus fuerzas físicas mientras hacen uso de sus mejores diplomacias. Menos alguno que caerá en la trampa sutilmente tendida en las puertas de casa.
Llevamos años de relaciones con Marruecos. Después de cien años —que ahora se cumplen— de nuestra defensa a ultranza de la soberanía de Marruecos como nación que nos llevó a dejar miles de muertos en los secos campos africano-españoles, lo silenciamos como si hubiésemos cometido un gran acto de ataque a su soberanía, de barbarie. España dejó allí su sangre por Marruecos, por su progreso e independencia.
Nos falló la relación, el álgebra de la diplomacia, la negociación, la amistad, incluso el valor para negociar con energía, fuerza y decisión. Cualquier nación soberana está dispuesta a negociar, a dialogar y a pactar. A vivir el camino del futuro con apoyos mutuos, a ganar confianza, pero jamás dejará de exhibir su fuerza decisoria para defender hasta el último palmo de terreno o interés de cualquier tipo recurriendo a la fuerza física si necesario fuera. No es el caso. Nuestra relación con Marruecos debe ser revisada y entendida por el camino de intereses que son muy comunes. Puente con Europa y de prolongación. Estabilidad.
Hay que ser amigos también en la fortaleza, jamás en la debilidad que esa sí que es cuestión de voluntad más que de armas.
Para evitarlo hay que saber disponer tus piezas en el tablero y hablar de dignidad a la vez que muestras tu valor y decisión.
Nuestras relaciones con Marruecos siempre han estado teñidas de tibieza, de desconfianza y de una pésima comunicación entre diplomacias al más alto nivel, exceptuadas por la reverencial amistad entre sus monarcas que han puesto la cordura.
España debe dar un paso al frente. Acercarse a Marruecos, negociar en los recónditos desiertos de intereses, ser un leal aliado en lo estratégico que conlleva el progreso económico y cultural. También en lo táctico y en los silencios. Hasta en lo militar.
Cualquier otra actitud nos lleva a perder. Siempre y en cualquier escenario.
La guerra es un instrumento político que sucede por el desarme físico y moral en que nos vemos inmersos.
Marruecos no es una amenaza, sino una nación vecina que pide a gritos una necesaria y urgente aproximación. Inteligencia y fiabilidad es necesaria.
Europa y España deben prolongarse en ese eje a través de Marruecos antes que otros se adelanten. España debe dar el paso.
Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)
MARRUECOS: ¿MOVILIZAR AL EJÉRCITO?
Aquí nadie sabe lo que hay que hacer. Si atacar o defenderse. Si por tierra, mar, aire o por los tres sitios a la vez. Si hacer la guerra a Marruecos o hacérsela a Gibraltar, o a la ONU que se calla, o a Europa que alguien le ha dicho a última hora que es su frontera, la de la OTAN.
Ahora por todas partes surgen los guerreros del antifaz que muestran su ardor guerrero.
«España defenderá la integridad de Ceuta ante cualquier desafío» (Sánchez, presidente). De este no me fío.
¿Qué integridad? ¿Sabe de lo que habla? ¿De la cualidad de íntegro? Que empiece a contar por el principio, cuando se ha destruido España en taifas. Y fuera lo saben. Lo aprovechan. La cuña está clavada entre el soberano y sus ministros, sospechas mutuas, malentendidos, conspiraciones. Lo dijo Sunzi y lo sabe el soberano del sur.
El arte de la guerra y el de la política, que son lo mismo, está basado en el engaño y la astucia. Nunca se vence en la división interna que es lo que aprovecha siempre el contrario.
La crisis abierta con Marruecos no era difícil de predecir. No sé si también para el C.N.I. Lo avisé con 24 horas y alguno pensó que tenía información privilegiada. La tenía: solo basta mirar el panorama de la Moncloa, su Interior y su Exterior, incluso a la Defensa, que se resiste, pero no remata. De las revueltas aguas de Cataluña, Sánchez, el presidente, pretende ser íntegro en Ceuta y Melilla. Íntegro: para España significa: «Que no carece de ninguna de sus partes», y dicho de una persona: «Recta, proba, intachable». Él parte y reparte y luego habla de soldados y hasta de que las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Como en Cataluña.
Ceuta aguanta mientras pide auxilio. Melilla hace cien años estaba a punto de caer en manos de Abd el Krim. Ahora después de esos cien años, en aquella guerra que perdimos tantos hombres, nadie se acuerda que fue por Marruecos, por su independencia y soberanía.
Ante esta crisis se acuerdan de Santa Bárbara porque truena: del Ejército, de los soldados del artículo 8, ese que, por él y bajo él, va a desplegar la artillería, aviación, buques y Operaciones Especiales en la frontera con Marruecos. ¿O no? ¿O actuarán como fuerza de orden público? El día que nuestros soldados cambien el arma por la porra (defensa creo que se llama) habremos dejado de defendernos y de ser un Ejército. No se puede amagar y pedir al de detrás que te agarre. Cada uno en su sitio y a cumplir con su deber. Si se hace una demostración de fuerza debe ser con todas sus consecuencias.
¡Cuidado! Una cosa es la disuasión y otra hacer el canelo.
Esta guerra requiere un inmediato y rápido despliegue y no precisamente militar, que también, sino el que antes no se ha hecho: en las cancillerías. Darle la vuelta al calcetín de la política exterior. Empecemos por la inmediata dimisión de la ministra de Exteriores y el de Interior; no sé qué hará el Embajador y compañía en Marruecos, pero algo le tocará. ¿Y la Inteligencia?
Llegamos a la batalla derrotados de antemano, sin aliados, sin apoyos internacionales y sin voluntad de vencer. Esto no es una guerra al uso sino una ocupación al desuso en la que volvemos a estar tan solos como lo estuvimos hace 100 años defendiendo a Marruecos contra la República del Rif. Esto es en agradecimiento.
¿Qué hay que hacer? Lo que no se hizo. Llevará tiempo rectificar. En principio no ponerse nervioso —cuidado con esos insensatos que enseguida quieren morder con las cadenas de los blindados el polvo del desierto y hacer sonar los tambores de Queronea— ; remar juntos con la plena convicción de que este presidente y su política deben desaparecer de la escena en cuanto la crisis esté solventada.
Armarse hasta los dientes. Eso siempre. ¿Cuántas Divisiones tiene…?, sigue siendo premisa en la mesa de negociación. ¿Cuántas conversaciones ha tenido el presidente de los Estados Unidos de América con el presidente Sánchez? Empecemos también por ahí y hagamos una política internacional nuestra sin ir siempre de la mano de papá y mamá Europa que nada saben de América y sus confines. Miremos al sur y al este como algo nuestro. Menos mal que ya no es Trump, que ahora es Biden el que apoya la política marroquí, su íntimo amigo, su aliado, mientras nosotros somos el último mono y bastión de la mona Europa.
Yo pediría a la OTAN que venga a echar una mano ¡¡¡que nos invaden!!!, porque de eso se trata. ¿Qué creen ustedes que diría?
Seguiremos en la frontera de Letonia y en Turquía, con carros de combate y misiles. No porras.
¡A la porra! A Europa espérenla sentados.
Con viento de levante…
Es muy viejo: «Todo el arte de la guerra está basado en el engaño… es un asunto de astucia».
En la frontera debe estar quien debe defenderla, en la política quien debe evitar que sea necesario.
Fuertes como robles; flexibles como juncos.
¡Que difícil en nuestras actuales circunstancias!
Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)